Monday, April 9, 2007


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FORMARSE.COM.AR

 

 

 

       Biografía

 

       J. J. Benítez (Pamplona, 1946) inició su labor como

 

       investigador de temas ocultos en 1972. En estos

 

       más de veinte años de esforzadas pesquisas ha

 

       escrito una treintena de libros, la mayoría

 

       dedicados al fascinante fenómeno de ¡os ovnis, lo

 

       cual le convierte en el autor europeo con mayor

 

       número de obras sobre el particular. En su

 

       dilatada experiencia como ufólogo ha interrogado

 

       a más de diez mil testigos, ha publicado miles de

 

       artículos y pronunciado cientos de conferencias,

 

       recorriendo más de tres millones de kilómetros,

 

       siempre a la búsqueda de respuestas para el que

 

       considera «el más irritante de los misterios que

 

       pesan sobre el hombre» y sobre el que reconoce

 

       que «cada vez sabemos menos ». En agosto de

 

       1992 dirigió en El Escorial el primer curso

 

       universitario sobre los «no identificados». Su obra

 

       de investigación se completa en el campo de la

 

       narrativa con diversos títulos que han contribuido

 

       a hacer de J. J. Benítez uno de los autores más

 

       leídos de nuestro país.

 

       Caballo de Troya 5

 

       J. J. Benítez

 

       Planeta

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Primera edición en esta colección: septiembre de 1997

 

       Segunda edición en esta colección: junio de 1998

 

       Tercera edición en esta colección: marzo de 1999

 

       (0 J. J. Benítez, 1996

 

       (D Editorial Planeta, S. A., 1999

 

       Córcega, 273-279 - 08008 Barcelona (España)

 

       Edición especial para Ediciones de Bolsillo, S. A.

 

       Diseño de cubierta: Estudi Propaganda

 

       Fotografía de cubierta: (D AGE Fotostock

 

       Fotografía M autor: (D Gonzalo Martínez Azumendi

 

       ISBN 84-08-02228-8

 

       Depósito legal: B. 10.840 - 1999

 

       Fotomecánica cubierta: Nova Era

 

       Impresor: Litografía Rosés

 

       Impreso en España - Printed in Spain

 

       Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización

 

       escrita de los tituiares de¡ «Copyright», bajo las

 

       sanciones establecidas en ¡as leyes, la reproducción

 

       parcial o total de esta obra por cualquier medio o

 

       procedimiento, comprendidos la repfografia y el

 

       tratamiento informático, y la distribución de ejemplares

 

       de ella mediante alquiler o préstamo púbiicos,

 

       A Fernando Lara Bosch,

 

       que me alentó desde los cielos.

 

       ¿Me revelarás el significado

 

       del misterioso «5»?

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       SEIS AÑOS DE SILENCIO

 

       11

 

       i

 

       i

 

       Nunca, en los treinta y dos libros anteriores, había expe-

 

       rimentado tanto miedo. Pero ¿a qué? No lo sé muy bien.

 

       Miento. Claro que lo intuyo. Es terror a franquear una

 

       puerta que cerré un 18 de setiembre de 1989. En aquella

 

       fecha -«siendo las veintiuna horas»- daba por conclui-

 

       do Caballo de Troya 4. Y hoy, siendo las once horas del

 

       miércoles, 1 de noviembre de 1995, esa puerta ha sido

 

       empujada de nuevo. Y el miedo, como digo, me tiene aco-

 

       bardado. Un miedo justificado, supongo. Miedo porque,

 

       en estos largos seis años, los ojos interiores se han abier-

 

       to providencial y definitivamente. Miedo porque, al fin, he

 

       captado el magnífico y esperanzador mensaje del Protago-

 

       nista de esta obra. Miedo, en suma, a no saber transmitir

 

       la genial verdad de Jesús de Nazaret: existe un Dios-Padre

 

       que ama, dirige y sostiene. Miedo a enfrentarme a una

 

       historia que es mucho más que una historia.

 

       Resulta reconfortante. Ahora, querido Padre, querido

 

       «Ab-ba», comprendo y te comprendo. El presente relato no

 

       podía ser atacado en tanto en cuanto servidor -el instru~

 

       mento- no hubiera hecho suya la esencia que perfuma y

 

       define la llamada vida pública del Maestro: «que se haga

 

       la voluntad del Padre». Una idea -la gran idea- que mo-

 

       torizó su existencia terrenal.

 

       Y ese Dios-Padre, en otro alarde de paciencia y sabi-

 

       duría, me ha dejado reflexionar y madurar sobre ello,

 

       nada menos que durante seis años. Seis años de silencio,

 

       de dudas, de sufrimiento, de comprobaciones en cadena

 

       y de una íntima e indefinible alegría al verificar -una y

 

       otra vez- que, en efecto, todos estamos sentados en las

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       rodillas de un Padre que «sabe»…. antes de que acerte-

 

       mos a despegar los labios.

 

       Debo confesarlo. Cada vez que puse manos a la obra,

 

       luchando por abrir la puerta del siguiente Caballo de Tro-

 

       ya, una fuerza firme y sutil me apartaba sin concesiones.

 

       Recuerdo media docena de intentos. Y sólo cuando mi

 

       corto conocimiento apareció justa y sólidamente forjado

 

       en el yunque de la voluntad del Padre, sólo entonces ha

 

       sido posible esta nueva y fascinante aventura. Pero, su-

 

       pongo que desconfiado (y no le falta razón), antes de re-

 

       galarme su confianza, el Padre Azul decidió someterme a

 

       una última prueba. Y en 1994 este aturdido mensajero se

 

       desnudaba en Público, sacando a la luz uno de sus libros

 

       más querido: Mágica Fe. Una suerte de ensayo general de

 

       lo que ahora comienza. Y estoy convencido: la serie de los

 

       Caballos de Troya vive gracias a esa mágica fe.

 

       He aquí la única explicación a tan dilatado silencio.

 

       Era preciso que, antes de desvelar cuanto me ha sido

 

       dado, me hallara entrenado y en sintonía. Y aun así -que

 

       el Padre me disculpe- siento miedo.

 

       J. J. BENíTEZ

 

       10

 

       El diario

 

       (QUINTA PARTE)

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       «-¡Enterrados!…

 

       David, el anciano sirviente, comprendió lo inútil de

 

       sus gritos y lamentos. Ismael, el saduceo -implacable y

 

       sin entrañas-, había ejecutado parte de su diabólico

 

       plan.

 

       -¡Enterrados vivos! -gimió mi acompañante, deján-

 

       dose caer sobre los peldaños que conducían a la gruta.

 

       Y este torpe explorador, con las palmas de las manos

 

       fundidas a la áspera muela que acababa de ser removi-

 

       da por el sacerdote, se quedó en blanco. Por primera

 

       vez en aquella intensa odisea por las tierras de Palesti-

 

       na un terror desconocido me paralizó. ¿Qué fue lo que

 

       me doblegó? Ni siquiera ahora, al ordenar los recuer-

 

       dos, consigo despejarlo. Quizá fuera el pavor del criado

 

       -más consciente que yo de la critica situación- lo que

 

       me contagió. Quizá también -y no fue poco- el dra-

 

       mático hecho de hallarme desarmado y sin la menor po-

 

       sibilidad de recurrir a la vital «vara de Moisés». A buen

 

       seguro, los dispositivos de defensa me habrían ahorra-

 

       do los angustiosos instantes que se avecinaban.

 

       . ¿Cuánto tiempo transcurrió? Imposible calcularlo.

 

       Una y otra vez, la escasa lucidez de quien esto escribe

 

       bregó por ponerse en pie. Finalmente la vi apagarse, de-

 

       sapareciendo. Hoy creo intuir lo ocurrido. Y me estre-

 

       mezco.

 

       Habíamos sido entrenados para casi todo, menos

 

       para un ataque de ansiedad aguda. Porque de eso se tra-

 

       taba.

 

       Aquella súbita y demoledora emoción -aquel páni-

 

       13

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       co- anuló todo resto de pensamiento racional. Y la

 

       Operación -¡Dios santo!- se tambaleó en el filo de un

 

       precipicio.

 

       Petrificado frente a la roca, ajeno al convulsivo llan-

 

       to de David, en uno de los escasos destellos de cordura,

 

       comprobé con desolación cómo la fuerza muscular no

 

       respondía. Y fui presa de una debilidad motora genera-

 

       lizada. El vértigo no se hizo esperar. Traté de aferrarme

 

       a la piedra. Pero las manos temblaron, incapaces de

 

       obedecer. Y un sudor denso precedió a la inevitable ta-

 

       quicardia. Creí morir. Un punzante dolor precordial fue

 

       el último aviso. Y en mitad de la negrura los pulmones

 

       fallaron y el organismo entró en un peligroso proceso

 

       de alcalosis respiratoria secundaria.

 

       No recuerdo mucho más. Debí derrumbarme, cayen-

 

       do de espaldas sobre el rugoso pavimento calcáreo. Fue

 

       lo mejor que pudo ocurrirme.

 

       -¡Señor!… ¡Oh, Dios!…

 

       Más que ver intuí la encorvada figura del anciano,

 

       arrodillado junto a este explorador. Sostenía mi cabeza

 

       entre las manos, susurrando e implorando.

 

       -¡David! -acerté a pronunciar con dificultad. Y un

 

       leve entumecimiento alrededor de la boca y en los dedos

 

       de manos y pies me devolvió a la realidad, recordándo-

 

       me el síndrome de hiperventilación y la pérdida de con-

 

       ciencia.

 

       -¡Señor! -replicó el sirviente con un hilo de voz-

 

       ¡Gracias a Dios!

 

       Ignoro cuánto tiempo permanecí inconsciente. Pero,

 

       como digo, el traumatismo -afortunadamente sin ma-

 

       yores consecuencias- vino a rescatarme de aquel peli-

 

       groso ataque de pánico. Y fue a raíz de este aviso en la

 

       Nazaret subterránea cuando, en previsión de situaciones

 

       similares, mi hermano y yo adoptamos nuevas y extraor-

 

       dinarias medidas de seguridad. Una de ellas -bautizada

 

       por los hombres del general Curtiss como el «tatuaje»-

 

       resultó tan útil como espectacular. Pero sigamos por

 

       orden.

 

       Traté de incorporarme y reunir las confusas y diez-

 

       madas ideas. La alcalosis, sin embargo, continuaba co-

 

       14

 

       leando. Y consciente de la urgente necesidad de equili-

 

       brar la presión del dióxido de carbono, reduciendo el

 

       pH sanguíneo, busqué un remedio de urgencia.

 

       -¡Maldita oscuridad!

 

       A tientas tomé uno de los extremos de la sábana que

 

       me cubria, improvisando con el lino una especie de re-

 

       ducida bolsa. La aproximé al rostro, practicando varias

 

       e intensas inspiraciones y espiraciones. El CO, hizo el

 

       resto.

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Minutos más tarde, con el ánimo relativamente re-

 

       confortado, la astillada voz del criado vino a recordar-

 

       me que poco o nada había cambiado.

 

       -¡Señor! Esa víbora no perdona. Estamos condena-

 

       dos a morir…

 

       No contesté. Mi pensamiento, extrañamente tranqui-

 

       lo, había volado hasta la «cuna». Y la imagen de Elisco

 

       me proporcionó una benéfica fuerza.

 

       Extendí los brazos y busqué a David en la negrura.

 

       Al topar con él, aferrándome a su túnica, estallé con

 

       una seguridad que todavía me admira:

 

       -¡Olvida a ese miserable!… ¡Es hora de actuar! No

 

       lo dudes, amigo: ¡vamos a salir de este infierno!

 

       -Pero…

 

       No le permití nuevas lamentaciones. Y dócil, cierta-

 

       mente animado por el persuasivo timbre de aquel ex-

 

       tranjero, fue respondiendo a mis preguntas:

 

       -Señor, no conozco otra salida… La gruta se utili-

 

       za como almacén… Aquí se guarda de todo… Provisio-

 

       nes, herramientas, agua… Generalmente sólo baja la

 

       servidumbre y de tarde en tarde… A veces pasan se-

 

       manas…

 

       El panorama no era muy prometedor. Guardé silen-

 

       cio, procurando fijar un orden de prioridades. Y el tem-

 

       ple militar rindió sus frutos. Además -me consolé-

 

       estaba la familia. Santiago y su gente terminarían por

 

       formularse algunas interrogantes respecto a mi repenti-

 

       na desaparición. Tanto la Señora como sus hijos -sin

 

       olvidar a Débora, la prostituta de la posada de Heqet, la

 

       «rana»- sabían de mi anunciada entrevista con Ismael,

 

       el jefe del consejo local de Nazaret. Pero, frío y realista,

 

       15

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       1

 

       dejé a un lado la endeble esperanza. Y fui a centrarme

 

       en el primero de los objetivos: la minuciosa exploración

 

       de la gruta. Y para ello necesitábamos luz, un mínimo

 

       de iluminación.

 

       Ordené a David que me ayudara a rastrear el suelo,

 

       a la búsqueda de la malograda lucerna que él mismo

 

       portaba al entrar en el subterráneo. Tal y como suponía,

 

       sólo conseguimos reunir dos o tres trozos de una cerá-

 

       mica inservible y aceitosa.

 

       Y antes de que acertara a reaccionar, el diligente

 

       criado -notablemente repuesto- tomó la iniciativa,

 

       recomendándome que no me moviera. Y escuché el

 

       roce de sus sandalias, alejándose hacia el fondo de la

 

       sala. ¿Moverme? ¿Cómo hacerlo en semejante oscuri-

 

       dad? Y el involuntario chiste vino a oxigenar el apalea-

 

       do ánimo.

 

       A cosa de cuatro o cinco metros percibí un chirrido.

 

       Parecía el lamento de un herrumbroso pasador. ¿Una

 

       puerta? El corazón brincó. Imposible.

 

       Segundos después, un gemido similar y un golpe

 

       seco -como si David hubiera cerrado algo- me des-

 

       pistaron definitivamente. Y aguijoneado por la intriga

 

       hice ademán de avanzar hacia el punto del que habían

 

       partido los misteriosos sonidos. Pero, consciente de que

 

       debía atar en corto la curiosidad, evitando así compli-

 

       caciones añadidas, aguardé ansioso, forzando en vano

 

       las espesas tinieblas.

 

       No puedo asegurarlo, pero de haber caminado al en-

 

       cuentro del sirviente, descubriendo lo que se traía entre

 

       manos, quizá hubiera abortado la maniobra. ¿0 no? Lo

 

       cierto es que, poco después, el «hallazgo» me sumiría en

 

       una angustia que todavía me acompaña. Aunque, bien

 

       mirado, ¿quién soy yo para modificar el Destino? La

 

       Fontaine, en su obra Fables, dibujó perfectamente mi

 

       situación: «Con frecuencia, uno encuentra su destino si-

 

       guiendo las veredas que tomamos para evitarlo.»

 

       Y aquel breve silencio volvió a quebrarse. Esta vez

 

       con una sucesión de decididos impactos, aparentemen-

 

       te contra la pared de la caverna. Por último, confundi-

 

       16

 

       do con el eco, creí identificar el golpeteo de la madera

 

       rebotando en el suelo rocoso.

 

       Las sandalias rachearon, retornando junto a este

 

       confuso explorador. Y David, alargando el brazo iz-

 

       quierdo, tras palpar mi pecho y asegurarse de mi pre-

 

       sencia, rogó que le entregara la sábana. No pregunté.

 

       obedecí al punto y, guiado por el sonido, me afané en

 

       descifrar el misterio.

 

       No fue mucho lo que acerté a resolver. El crujido

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       de las articulaciones del anciano indicó que acababa de

 

       agacharse. Rasgó el lienzo en dos ocasiones y ahí mu-

 

       rieron las pistas. Después, enganchado en el irritante

 

       mutismo, se enderezó, alejándose de nuevo. Lo escuché

 

       trastear entre los cacharros depositados en la pared

 

       de mi derecha. En la memoria conservaba la imagen de

 

       aquella primera oquedad, repleta -a uno y otro lado-

 

       de alacenas de muy dispares alturas y profundidades,

 

       cargadas de ánforas, vasijas de diferentes calibres y un

 

       sInfín de enseres que, obviamente, dadas las circunstan-

 

       cias, no recordaba.

 

       Y el entrechocar del cobre y la arcilla cesó de pronto.

 

       -¡Bendito sea el Todopoderoso!

 

       La exclamación del viejo y su inmediato regreso has-

 

       ta mi posición terminaron de acelerarme.

 

       -¡Por Dios! -clamé-. ¿Qué te propones?

 

       Pero, ignorándome, volvió a agacharse, absorto -su-

 

       pongo- en una operación que, en efecto, como descu-

 

       briría instantes después, requería toda su atención y

 

       destreza.

 

       Y con los nervios a un paso del desastre le imité, co-

 

       locándome en cuclillas.

 

       Percibí primero su agitada respiración. Después, un

 

       leve borboteo. Parecía manipular algún líquido. Y el aro-

 

       ma del aceite de oliva llegó inconfundible. Pero ¿para

 

       qué.

 

       Acto seguido golpeó el pavimento con algo contun-

 

       dente. El sonido, sordo, resultó igualmente indescifrable.

 

       Algo debió de fallar porque, a renglón seguido y de-

 

       &’tirado, se refugió en una maldición.

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Contuvo la respiración. Segundo golpe y nueva im-

 

       precación.

 

       Y al tercero, claramente metálico, como la más her-

 

       mosa de las visiones, vi estallar una diminuta llama

 

       azul-verdosa.

 

       El susto y la alegría me desequilibraron. Y fui a dar,

 

       por segunda vez, contra el duro suelo.

 

       David, sin pérdida de tiempo, tomando la incendiada

 

       astilla, procedió a cebar la primera de las improvisadas

 

       antorchas. Y el jirón de lino, empapado en aceite, pren-

 

       dió con avidez, llenando la cueva con un penetrante tu-

 

       fillo y, lo que era más importante, de una luz amarilla y

 

       salvadora.

 

       No sé qué fue primero: la reconfortante sonrisa del

 

       eficaz criado o mi desolación. Al verle con la tea en la

 

       mano comprendí. Pero era demasiado tarde.

 

       El buen hombre, deseoso de obtener una pronta y

 

       aceptable iluminación, recordó el arcón depositado al

 

       fondo de la estancia. El polvoriento y consumido cofre

 

       de madera que Ismael me había mostrado a manera de

 

       cebo. Y con la mejor de las intenciones, ajeno al singu-

 

       lar valor de aquel objeto, tomó la descompuesta arpa,

 

       golpeándola sin piedad contra la roca. Ahora entendía

 

       los enigmáticos sonidos.

 

       Una vez seccionada, envolvió los brazos en sendas ti-

 

       ras de lino, empapándolas en aceite.

 

       Fue un triste hallazgo. El venerable instrumento, que

 

       yo pude acariciar durante breves instantes, aparecía

 

       ahora destrozado y consumiéndose. Tuve que contener-

 

       me. Todos mis esfuerzos, argucias y penalidades para

 

       alcanzar aquel tesoro -una de las escasas posesiones

 

       del añorado rabí de Galilea, vendida por Jesús al sadu-

 

       ceo hacía diecisiete años- acababan de hacerse humo.

 

       El Destino, como digo, volvía a burlarse de quien esto

 

       escribe.

 

       David sugirió que me encargara de la segunda antor-

 

       cha. De momento, por prudencia, no consideró oportu-

 

       no darle fuego. Y sin mediar palabra, aceptando los

 

       hechos, me hice con la otra mitad del arpa. Revisé y re-

 

       forcé el lino que la cubría mientras el criado retiraba la

 

       18

 

       ~7

 

       “v

 

       jarra con el aceite. Después hizo otro tanto con la taza

 

       de arcilla que guardaba la providencial reserva de «ceri-

 

       llas». Nunca imaginé que aquellas modestas astillas y

 

       pajuelas de centeno de ocho o diez centímetros, prácti-

 

       camente cubiertas de azufre fundido, jugarían un papel

 

       decisivo en nuestra historia. El invento, de uso común

 

       en todo el imperio, era tan simple como eficaz. Yo las

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       había examinado en algunos de los hogares por los que

 

       acerté a pasar. Para provocar la ignición bastaba el pe-

 

       dernal y una base o soporte metálicos. La limpieza y ra-

 

       pidez de la operación, proporcionando un cómodo en-

 

       cendido de lámparas, fogones y fogatas, las convirtió

 

       en un artículo de gran popularidad y, naturalmente, en

 

       un saneado negocio. La mayor parte era exportada des-

 

       de las regiones italianas de Sicilia, Pozzuolo y Felamo-

 

       na. Al pie de los volcanes apagados, en estos azufrales

 

       y solfataras, se trabajaba el azufre puro, calentándolo

 

       a 110′ centígrados. Una vez fundido se procedía al ro-

 

       ciado de las astillas y pajuelas, disponiendo el carga-

 

       mento para su empaquetado y posterior transporte.

 

       Y como medida precautoria, el criado se reservó un

 

       puñado de «cerillas», acomodándolo en la faja.

 

       Y sin más dilación nos embarcamos en el siguiente y

 

       no menos delicado objetivo: la exhaustiva exploración

 

       de la gruta. En mi ánimo -azotado por toda clase de

 

       incertidumbres y negros presagios- pujaba por sobre-

 

       vivir una única y obsesiva idea: aquella pesadilla no po-

 

       día prolongarse. Tenía que haber una solución. Tenía

 

       que dar con una salida…

 

       Inspiré profundamente. Calma. Sobre todo, calma.

 

       Cada paso debía ser meditado.

 

       David me observó, aguardando alguna indicación.

 

       Ketrocedí hasta los peldaños. Y le advertí que, a partir

 

       de ese momento, procurase pegarse a mi persona, ilu-

 

       minando mis movimientos. Asintió nervioso.

 

       Inspeccioné la pesada muela. Negativo. Ni la fuerza

 

       de cuatro hombres la hubiera desplazado.

 

       «¡Calma!», fui repitiendo mentalmente.

 

       Y girando sobre los talones presté toda mi atención

 

       a aquella primera oquedad. Al igual que el subterráneo

 

       19

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       1

 

       1

 

       existente bajo la casa de Santiago y Esta, se trataba de

 

       una sala excavada en la roca calcárea. Se presentaba, tal

 

       y como anunciara el siiwiente, como un almacén. A pri-

 

       mera vista, la cubierta, groseramente cincelada, carecía

 

       de conductos o chimeneas de aireación. Aquello era una

 

       masa pétrea, cerrada y compacta. Y la angustia con-

 

       quistó terreno en mi tembloroso corazón.

 

       Paseé arriba y abajo, aparentando una frialdad que,

 

       en verdad, escapaba a chorros. El cubil resultó infran-

 

       queable. Aquel cajón, de cinco metros de longitud por

 

       cuatro de ancho y dos y medio de altura, sólo era una

 

       ratonera. La primera r-atonera…

 

       La inspección de las alacenas fortaleció en parte las

 

       débiles esperanzas. ¡Dios, en situaciones extremas, qué

 

       poco precisa el alma para empujar la voluntad!…

 

       La voz de David, enumerando los dispares contenidos

 

       de cántar-as, ánforas y vasijas, me reconfortó. El corrup-

 

       to sacerdote -haciendo justicia a la filosofía saducea-

 

       disponía de una surtida y lujosa despensa. Allí, meticu-

 

       losamente precintados, guardaba los más exquisitos y

 

       codiciados dátiles de Jericó: los «cariotes», de jugo es-

 

       peso; los secos e interminables «nicolás», así denomina-

 

       dos en memoria de Nicolás de Damasco, el secretario

 

       de Herodes el Grande; los «dáctilos», retorcidos y enor-

 

       mes como dedos; los dulcísimos «adélfidos» y los jugo-

 

       sos «patetes». Y naturalmente, una generosa colección

 

       de ánforas, de un metro de alzada, con la genuina rosa

 

       de la isla de Rodas grabada en una de las asas y conte-

 

       niendo lo más granado de los vinos griegos y de palma,

 

       tan frecuentemente cantados por Plinio y siempre obli-

 

       gados en las mesas de los ricos.

 

       Y en el mismo y perfecto orden, amplios cuencos

 

       de Megara, lujosos vasos del valle del Po y recipientes

 

       de brillante terracota de Arezzo (Toscana), con cum-

 

       plidas raciones de higos prensados, tortas de «dátiles-

 

       bellota», aceitunas, pescado salado y nueces del Hermón.

 

       Fue suficiente. David siguió mi consejo, interrum-

 

       piendo el inventario de unas provisiones más que so-

 

       bradas para alimentarnos durante semanas. Al menos,

 

       nuestra muerte no sería por hambre.

 

       20

 

       ¿Muerte? Me rebelé contra mí mismo. Estaba dis-

 

       puesto a reencontrarme con el Maestro y nada ni nadie

 

       se interpondria en el camino. Y aquel fogonazo interior

 

       casi me levantó del suelo.

 

       -¡El cofre! -ordené al criado- Veamos qué en-

 

       cierra.

 

       Y en mitad del silencio, apenas alterado por el cre-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       pitar del hacha, cuando nos disponíamos a remover el

 

       interior del arca, un lejano y amortiguado quejido nos

 

       sobresaltó. No podría asegurarlo, pero lo asocié con un

 

       lamento.

 

       Nos miramos. Y un temblor se propagó por el brazo

 

       de David, haciendo oscilar la llama.

 

       Instintivamente llevé el dedo índice derecho a los la-

 

       bios, reclamando silencio. El tiempo se detuvo. Pero

 

       aquel gruñido -o lo que fuera- no se repitió.

 

       Y mi compañero susurró una palabra que me erizó

 

       el cabello:

 

       -¡Ratas!

 

       ¡Cuán frágil es la naturaleza humana! La reciente y

 

       traumática experiencia en los túneles de la gruta de

 

       Santiago, con aquel amasijo de ratas negras y peludas

 

       devorando la sandalia de Jacobo, el albañil, me descom-

 

       puso. Y toda mi supuesta fuerza se eclipsó.

 

       Retrocedí derrotado, bañado nuevamente en sudor y

 

       con los ojos espantados.

 

       Pero el anciano -Dios le bendiga-, avisado, cortó

 

       de raíz aquel desfallecimiento. Y antes de que el shock

 

       arTuinara mi precaria estabilidad emocional, me propi-

 

       nó una calculada y sonora bofetada. Santo remedio.

 

       Y las lágrimas -nunca supe si de vergüenza, dolor o

 

       rabia por mi infantil comportamiento- acudieron en

 

       mi auxilio, serenándome.

 

       -Lo siento, señor -se disculpó David, más aturdi-

 

       do, si cabe, que este infeliz explorador-. ¿Debo recor-

 

       darte tus palabras?

 

       Negué con la cabeza. Y la imagen de mi hermano,

 

       en el módulo, vino a liquidar, por segunda vez, todo

 

       rastro de debilidad. Estábamos comprometidos en la

 

       niás excelsa misión que jamás se haya encomendado a

 

       21

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       i

 

       hombre alguno y aquel desgraciado suceso no alteraría

 

       su rumbo.

 

       Mi amigo, conmovido, me abrazó, animándome a

 

       proseguir. Y así fue.

 

       El mugriento cofre nos reservaba una sorpresa. Y

 

       aunque entonces no tuve clara su posible utilidad, res-

 

       caté con júbilo de entre el polvo y la docena de túnicas

 

       apolilladas una gruesa cuerda de cáñamo común de

 

       unos quince metros de longitud.

 

       Y arrollada en bandolera, señalé la negra boca que se

 

       abría en el extremo del cubil. David, contagiado, res-

 

       pondió con otra sonrisa.

 

       -¡Adelante! -le animé y me animé- Ahí dentro

 

       nos aguarda la solución.

 

       -¿Ahí? -masculló sin comprender—. Ahí, señor,

 

       sólo encontraremos…

 

       -Lo dicho -le interTumpí, negándome a aceptar la

 

       realidad-, ahí está la clave.

 

       No me equivocaba. Lo que no imaginaba es que esa

 

       «solución» a nuestro problema llegaria, como casi siem-

 

       pre, de forma imprevista e impensable.

 

       Y resignado, inclinándose, me precedió por el oscu-

 

       ro agujero.

 

       La antorcha puso al descubierto un angosto pasadi-

 

       zo de un metro escaso de altura y alrededor de setenta

 

       centímetros de anchura. Y la marcha, gateando, fue len-

 

       ta y laboriosa.

 

       Nada más penetrar en la galeria observé que descen-

 

       día con suavidad. Toda ella aparecía igualmente excava-

 

       da a mano.

 

       Recorridos unos diez metros, el sofocante túnel giró

 

       bruscamente a la izquierda. David se detuvo. A nuestra

 

       derecha, en plena curva, se presentó una cómoda aber-

 

       tura circular. E introduciendo el fuego en el interior

 

       abrevió:

 

       -El silo del aceite.

 

       Sin pensarlo le arTebaté la antorcha, situándome en

 

       cuclillas frente a la oquedad. Mi intención era clara: no

 

       pasar por alto un solo rincón.

 

       Traspasé el umbral y fui alzándome con lentitud. La

 

       22

 

       cueva, prácticamente redonda, de cuatro metros de diá-

 

       metro por otros tres de altura, sólo era un enorme bo-

 

       quete, trabajosamente ganado a la masa calcárea sedi-

 

       mentada.

 

       Y busqué con afán. Busqué una grieta, una tímida

 

       corriente de aire, una esperanza.

 

       En el centro se apretaban cuatro campanudas ánfo-

 

       ras, ancladas al suelo mediante sendos orificios. Golpeé

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       los recipientes. Se hallaban cargados. Examiné la zona

 

       posterior. Pura roca.

 

       Desalentado -intuyendo que las posibilidades mer-

 

       maban-, pregunté al expectante criado si la gruta con-

 

       tinuaba.

 

       Asintió y, tomando de nuevo la tea, indicó el fondo

 

       del recodo. Nos arrastramos cuatro o cinco metros y, de

 

       pronto, la amarillenta flama que marchaba en cabeza

 

       desapareció. Permanecí inmóvil, desconcertado. Tampo-

 

       co escuchaba el penoso arrastre del calzado de mi ami-

 

       go. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Y con el

 

       corazón en la boca me lancé en tromba por la cerrada

 

       curva, topando con las paredes.

 

       El acceso a la gran sala, a gatas y jadeando, más

 

       muerto que vivo, fue toda una deshonra para mi mal-

 

       tratado espíritu. Al alzar la vista, el miedo fue reempla-

 

       zado por el ridículo. El túnel conducía a una espaciosa

 

       gruta. Y mi amigo, al penetrar en ella y recuperar la ver-

 

       ticalidad, me había dejado involuntariamente en tinie-

 

       blas y sujeto a las más insanas cavilaciones.

 

       David, alertado, se aproximó a la boca de la galería,

 

       iluminándola y buscando la razón de tan descompuesta

 

       entr-ada. Sólo acerté a sonreír como un perfecto estúpi-

 

       do. Y sin resuello lancé una breve ojeada al recinto, in-

 

       terrogando al criado con la mirada.

 

       -Esto es todo -resumió con desaliento.

 

       Tomé como referencia la boca del pasadizo. Frente

 

       a ella, como venía diciendo, se abría lo que, en reali-

 

       dad, constituía el corazón de aquel subterráneo: una

 

       gran cavidad, en buena medida de origen natural. A pe-

 

       sar de sus numerosos e irregulares salientes y espolo-

 

       nes guardaba cierta forma cuadrangular. Calculé unos

 

       23

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       i

 

       diez metros de lado. La bóveda, a cosa de dos metros,

 

       se hallaba al alcance de la mano. El pavimento, rebaja-

 

       do a martillo, había sido cuidadosamente enlucido con

 

       un yeso de notable blancura. Y otro tanto podía decirse

 

       de las inclinadas paredes. En el suelo, casi en el centro

 

       geométrico de la sala, sobresalía una cresta calcárea de

 

       unos cincuenta centímetros de altura, redondeada, do-

 

       minando con sus se¡s metros de diámetro buena parte

 

       del lugar.

 

       -Esto es todo -repitió el anciano con la voz rota

 

       ante la cruda realidad.

 

       La gruta, en efecto, en aquel primer y superficial

 

       examen, no ofrecía muchas alternativas. ¡Qué digo mu-

 

       chas! Para ser honesto, ninguna. Y sintiendo el lejano

 

       pero firme taconeo del miedo, traté de acallarlo con lo

 

       único que podía hacer: mantenerme ocupado, investi-

 

       gar, explorar cada milímetro y confiar.

 

       Y sin saber muy bien por dónde empezar, luchando

 

       por sacudir los incipientes temblores en piernas y ma-

 

       nos, expliqué a mi amigo que necesitaba estudiar cada

 

       palmo de la caverna. Calificó de inútil la sugerencia,

 

       aunque, admirado por tan inusual optimismo, me cedió

 

       la antorcha, jurando por su vida que, si le arrancaba de

 

       aquel trance, me serviría hasta la muerte.

 

       Sonreí con desgana, agradeciendo el generoso gesto.

 

       Pero, de improviso, golpeándose la frente con la palma

 

       de la mano, se excusó. Tomó de nuevo la tea y se dirigió

 

       hacia la pared de la derecha. Parecía haber olvidado

 

       algo. Es increíble. No me cansaré de repetirlo. En se-

 

       mejantes circunstancias, cualquier movimiento, palabra

 

       o signo que pueda mover al éxito se convierte en un re~

 

       vulsivo.

 

       Pero la tenue esperanza duró poco. Se trataba única-

 

       mente del encendido de cinco lucernas de aceite, estra-

 

       tégicamente repartidas en otras tantas hornacinas exca-

 

       vadas en las paredes. Aquello, sin embargo, facilitó

 

       nuestros movimientos…. que no era poco.

 

       Y con el anciano a mi lado, y una tea que se consu-

 

       mía sin remisión, arranqué por la roca de la derecha.

 

       Inspeccioné y tanteé el yeso, incluyendo cada centí-

 

       24

 

       metro del nacimiento de la bóveda. Pared y cubierta,

 

       como en las ratoneras anteriores, no presentaban fisura

 

       alguna.

 

       Recorrimos el segundo e inclinado muro con idénti-

 

       co y frustrante resultado.

 

       Y al alcanzar la esquina la llama se agitó. Fueron

 

       unas décimas de segundo. Lo suficiente, sin embargo,

 

       para alertarnos.

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Aproximé la antorcha a la bóveda, acariciando la

 

       piedra con la lengua de fuego. Segundo estremecimien-

 

       to. La tea acusó una leve con-¡ente de aire. Sujeté la

 

       madera con ambas manos, intentando localizar la fil-

 

       tración. Y el cimbreo me condujo, al fin, hasta una mi-

 

       limétrica grieta que corría hacia el centro de la gruta.

 

       Salté nervioso sobre la cresta rocosa que se levantaba

 

       en mitad de la sala, buscando, deseando y gritando en

 

       mi interior que la fisura terminara por abrirse.

 

       Bajé los brazos decepcionado. La brecha, absoluta-

 

       mente natural, moría justo sobre mi cabeza, permitien-

 

       do apenas el paso de un dedo.

 

       Inspiré profundamente. Los temblores arreciaron.

 

       La sentencia del criado -«Esto es todo»- empezaba a

 

       golpear en mi cerebro, amenazando los últimos hilos

 

       de cordura. Ahora comprendo lo cerca que estuve del

 

       desastre. Y no sólo por el aparente blindaje de la caver-

 

       na. Lo verdaderamente peligroso fue el riesgo de locu-

 

       ra. Y me cuesta trabajo entender qué fue lo que me sos-

 

       tuvo. ¿0 sí lo sé y no tengo el valor de reconocerlo?

 

       Me reuní con el criado y agradecí en lo más profun-

 

       do su discreto silencio.

 

       Desfilamos junto a la tercera pared, casi como autó-

 

       matas. Roca. Yeso. Roca…

 

       «Esto es todo»…

 

       Pero al final de este penúltimo murallón, al pie de la

 

       cuarta lámpara de aceite, algo me detuvo.

 

       -¿Y eso?

 

       David aproximó la antorcha, iluminando tres orifi-

 

       cios circulares que rompían el pavimento. Aparecían

 

       alineados, muy próximos a la cuarta y última pared y

 

       separados entre sí por algo menos de dos metros.

 

       25

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       i

 

       -Silos.

 

       No percibí el menor entusiasmo en la aclaración.

 

       Pero el instinto me hizo vibrar.

 

       -Se utilizan para el grano y los frutos secos. -Y en-

 

       tregándome el hacha subrayó-: Son ciegos… No con-

 

       ducen a ninguna parte.

 

       Me arTodillé frente al primero. Y a pesar del jarro de

 

       agua Ha, lo exploré con calma. La boca, de un metro,

 

       permitía un cómodo acceso.

 

       Me hallaba ante un vaciado en la piedra, con forma

 

       de pera, de unos tres metros de profundidad por otros

 

       tres de diámetro mayor y meticulosamente pintado en

 

       rojo. En definitiva, una de las típicas construcciones de

 

       la Nazaret troglodítica. Los había a cientos en las grutas

 

       que proliferaban en la colina del Nebi. De acuerdo con

 

       nuestras informaciones -y así pude constatarlo en el

 

       subterTáneo de la casa de Santiago-, estos silos, labra-

 

       dos a base de voluntad, formaban incluso racimos, su-

 

       perponiéndose unos a otros. Los estudios y excavacio-

 

       nes de investigadores como Loffreda, Bagatti, Daoust,

 

       Manns o Testa eran irrefutables. En ocasiones, estas

 

       intrincadas redes de grutas-almacenes comunicaban con

 

       los patios y corrales interiores de las casas. Y animado

 

       por esta realidad objetiva me afané en localizar algún ca-

 

       nal o escaler-a que pudiera llevarnos al exterior.

 

       ¡Pobreingenuo!

 

       El fondo y las cóncavas paredes eran tan herméticas

 

       como todo lo anterior.

 

       Repetí la operación en el segundo silo ante el escep-

 

       ticismo de mi acompañante. La única diferencia con el

 

       anterior era el color. Éste había sido bañado en añil. Di-

 

       mensiones y solidez resultaron idénticas. Ambos apare-

 

       cían vacíos.

 

       David, desarmado, fue a sentarse al filo de la última

 

       boca. Y esperó el desastre.

 

       La tercera inspección tampoco arTojó cambios de

 

       importancia. Unas medidas algo menores -alrededor

 

       de dos metros de profundidad por otros tantos de diá-

 

       metro-, un enlucido verde y lo único que despertó mi

 

       atención: varios sacos mal apilados en el fondo, supues-

 

       26

 

       tamente con cereal, dos canastas de regular tamaño,

 

       confeccionadas con hoja de palma y repletas de piedras

 

       y una sandalia aparentemente abandonada.

 

       El contenido del silo -en especial las piedras- me

 

       confundió. Y durante unos instantes continué arrodi-

 

       llado, con medio cuerpo vencido sobre el boquete, tra-

 

       tando de pensar.

 

       -Te lo advertí -me abordó el criado, sacándome de

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       mis reflexiones- Son ciegos.

 

       Guardé silencio sobre lo que tenía a la vista, sin caer

 

       en la cuenta de un casi insignificante detalle: mi ami-

 

       go, el esclavo, había inspeccionado conmigo los dos

 

       primeros silos. En este último, en cambio, se mantuvo

 

       sentado, sin asomarse. Mi error -mi grave error- fue

 

       no hacer un solo comentario sobre el cargamento de-

 

       positado en el pozo. En par-te porque imaginé que se

 

       hallaba al corriente del mismo. Y decepcionado ante la

 

       ausencia de lo que verdaderamente interesaba -un esca-

 

       pe-, olvidé momentáneamente el asunto, centrándome

 

       en lo poco que restaba por explorar.

 

       David, humillado, no se movió. Continuó sentado,

 

       con el rostro hundido entre las rodillas. No supe qué

 

       hacer ni qué decir. La incursión, de momento, era un

 

       fracaso. Sin embargo, los recientes terTores no resuci-

 

       taron. A pesar de lo amargo de la situación, una dulce

 

       e inesperada melancolía fue desalojando angustia y

 

       miedo. ¿Era el principio del fin? ¿Me estaba resignan-

 

       do? ¿Daba por cierto que no había esperanza?

 

       Tampoco hoy me explico aquella extraña sensación,

 

       mezcla de paz y vaga tristeza. Pero la agradecí.

 

       Al final de la cuarta pared, a corta distancia de los

 

       silos, fui a tropezar con los restos de un pequeno hor-

 

       no doméstico, semiempotrado en la roca. La cara fron-

 

       tal, construida en ladrillo, presentaba una abertura de

 

       un metro, con un enlosado de piedras basálticas. Una

 

       espesa capa de polvo que cubría los negros y reducidos

 

       cantos volcánicos me indicó que se hallaba en desuso

 

       desde hacía tiempo. La caverna -o al menos aquella

 

       última oquedad- no parecía muy frecuentada. El dete-

 

       riorado horno fue la confirmación final.

 

       27

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       ~ 1

 

       1

 

       Ahí terwinaría el examen de la gran sala. Y dur-ante

 

       unos minutos -impotente y con la mente vacía- me li-

 

       mité a contemplarla.

 

       «Esto es todo.»

 

       Lo peor, sin embargo, estaba por llegar. Y lo hizo

 

       por el camino más insospechado. Es muy posible que

 

       la fortísima tensión le hiciera despertar. No lo sé. La

 

       cuestión es que, al poco, se apoderó de este explorador.

 

       Esto es lo que recuerdo y lo que aparece en mi cuader-

 

       no de notas:

 

       Primero fue la imagen de la Señora y de sus hijos.

 

       Después un alocado ir y venir de los pensamientos, sin

 

       orden ni concierto.

 

       «… Ellos vendrán… La gruta sólo tiene una salida…

 

       Ellos saben… Pero ¿y si no es así? … »

 

       La proximidad del fuego a mi mano interrumpió

 

       momentáneamente el cataclismo. Reaccioné y regresé

 

       junto a David. Me senté frente a él, dejando la boca del

 

       tercer silo entre ambos. No levantó el rostro. Y con los

 

       restos de la tea chisporroteando a mi lado fui nueva-

 

       mente asaltado por el mal que me consume y que, a no

 

       dudar, me conducirá a la tumba.

 

       «… La antorcha… -me debatí en un caos mental-.

 

       La antorcha se apaga… Es la señal … Ellos no pueden

 

       tardar… Prenderé la segunda mitad … Entonces apare-

 

       cerán.. . »

 

       Y la lucidez se abrió paso de pronto. Cerré los ojos es-

 

       pantado. Froté el rostro con las puntas de los dedos, tra-

 

       tando de huir de aquel trance. ¡Dios!, ¿qué me sucede?

 

       Nueva crisis. Pero esta vez el bloqueo mental prospe-

 

       ró con un cortejo de inconexas y absurdas risotadas y

 

       una voz bronca que puso en guardia al pobre David.

 

       « … Pero no puedo… La antorcha es el arpa del Maes-

 

       tro … Debo conservarla… Fue labrada con sus propias

 

       manos… Él cortó el abeto… Sí ‘ la madera es blanda,

 

       elástica y resistente. Además, las cuerdas no arden …

 

       Son de tripa de camello… ¿Ocho o nueve cuerdas? …

 

       No, todos estamos equivocados… No es un arpa… Es

 

       un kinnor… Tendré que rectificar la memoria de Santa

 

       Claus… ¿Un kinnor o una lira?… Josefo se equivoca…

 

       28

 

       El kinnor no tiene diez cuerdas… Y David tomó el arpa

 

       -¿o fue una cítara?- y la tocó con su mano… Libro

 

       pnmero de Samuel… No, el kinnor de David era de be-

 

       rosh… Y éste es de abeto… Salomón, en cambio, lo

 

       construyó de madera de almug… Libro primero de los

 

       Reyes … »

 

       Lo siguiente que recuerdo fue a mi compañero,

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       zarandeándome por los hombros y levantando su voz

 

       sobre mi locura.

 

       _iSeñor!, ¿qué te ocurTe?… ¡Vuelve en ti!

 

       Y Dios misericordioso tuvo piedad. La «resaca psí-

 

       quica» se extinguió, al menos durante un tiempo. Este

 

       trastorno mental, no catalogado aún por la medicina y

 

       que, como ya he mencionado en otras páginas de este

 

       diario, tenía su origen en el proceso de «inversión de

 

       masa» de los swivels, provocaba lo que, en términos

 

       sencillos, podríamos describir como una repentina di-

 

       sociación entre el consciente y el subconsciente. Las

 

       desconocidas mutaciones en las redes neuronales del

 

       hipocampo amenazaban al explorador con este y otros

 

       conflictos. Uno en particular -la correcta regulación

 

       del concepto y la sensación del espacio y del tiempo-

 

       fue el que más nos preocupó e hizo sufrir a lo largo de

 

       aquel segundo «salto» en el tiempo y, sobre todo, en el

 

       tercero y más prolongado. Pero tampoco es mi deseo

 

       desviar la atención del hipotético lector de estas memo-

 

       rias hacia los padecimientos que nos tocó en suerte.

 

       Sólo Él y lo que aprendimos y vivimos a su lado im-

 

       porta realmente. Y sólo en beneficio de una más clara

 

       y redonda comprensión de cuanto le rodeó es por lo

 

       que me veo obligado a respetar el orden cronológico de

 

       los acontecimientos. La vida de cualquier ser humano

 

       –exactamente igual que la del Hijo del Hombre- nun-

 

       ca puede ser interpretada y juzgada con rectitud si tan

 

       sólo contemplamos una corta etapa de dicha existencia.

 

       Éste, en mi humilde opinión, fue el más grande de los

 

       pecados de los llamados escritores sagrados.

 

       -¡Señor!…

 

       Un frío intenso vino a ocupar el lugar del pasajero

 

       29

 

       i

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       1

 

       delirio. Y David, envuelto en la consternación, sin saber

 

       cómo actuar, siguió interrogándome.

 

       Poco pude decirle. Mis palabras, más sosegadas y

 

       coherentes, intentando a mi vez tranquilizarle y tran-

 

       quilizarme, le devolvieron el equilibrio. Y al advertir los

 

       escalofríos y estremecimientos sugirió que siguiera sus

 

       consejos. Me desembaracé de la cuerda y de la mutila-

 

       da sábana y él, haciendo lo propio con su túnica, me

 

       animó a vestirla. Después, improvisando una almohada

 

       con el lino y ayudado de la mejor de sus sonrisas, indi-

 

       có el ingrato suelo, recomendando que descansara.

 

       Sin demasiadas posibilidades de elección, vencido

 

       por el horror, acepté sumiso, pagándole con otra sonn-

 

       sa. Y un reparador sueño tomó el mando, transforman-

 

       do al agotado y frágil griego de Tesalónica.

 

       -¡David!… ¿Qué ha pasado?

 

       Me incorporé despacio, sin conciencia clara de lo

 

       que me rodeaba. No tuve que esforzarme. La silueta del

 

       anciano, sentado en el mismo lugar y acariciado a ratos

 

       por la luz de una lucerna, despejó mis dudas. La gruta,

 

       en silencio, animada con dificultad por las lámparas de

 

       aceite, no había experimentado cambio alguno. Estába-

 

       mos como al principio. Quizá peor.

 

       Mi amigo no replicó. Mejor así. ¿A qué atormentarse

 

       con lo sucedido?

 

       Me senté de nuevo y le interrogué sobre el tiempo

 

       transcurrido. Las explicaciones -imprecisas-, amén de

 

       no satisfacer la pregunta, me pusieron en alerta. Ahora

 

       era David el que flaqueaba. No se lo reproché. Aquellas

 

       dos horas -puede que más- en la tensa soledad del

 

       subterráneo, velando el sueño de un desconocido, ha-

 

       bían vaciado su entereza. A sus pies, junto a la lucerna,

 

       descubrí una jarra de barro y tres cuencos de madera.

 

       Y adivinando mis pensamientos me tendió uno de los

 

       recipientes. En la penumbra distinguí una sabia mezcla

 

       de higos secos, nueces y miel de dátiles. Y desconcerta-

 

       do ante el minucioso examen del almuerzo -estimando

 

       erróneamente que no era de mi agrado-, preguntó si

 

       prefería vino. Acepté ambos ofrecimientos. El espeso

 

       caldo negro y los frutos me estimularon. Los escalofríos

 

       30

 

       habían cesado y, por primera vez en aquel encierro, dis-

 

       fruté de una sensación de alivio. El descargo, fuera de

 

       toda lógica -lo sé-, me inclinó incluso a emprender

 

       una conversación que nada tenía que ver con nuestro

 

       problema. Y acerté porque, al interesarme por la vida

 

       del anciano, ambos olvidamos temporalmente dónde es-

 

       tábamos.

 

       mplificó su historia mostrando el agujerea-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       David si

 

       do lóbulo de la oreja derecha. Consumido por las deu-

 

       das, sin opción alguna, un mal día tuvo que venderse a

 

       su acreedor, convirtiéndose en esclavo. El amo y señor

 

       –debí imaginarlo- no era otro que el saduceo, dedi-

 

       cado además al inmoral negocio de la usura, prohibido

 

       hasta cierto punto por la ley mosaica.

 

       Y fue al apurar el cuenco de vino cuando, de pronto,

 

       quedamos en suspenso.

 

       Mi amigo bajó lentamente la vasija. Yo, perplejo,

 

       continué sosteniéndola frente a los labios.

 

       Y echando mano de la lucerna fue a situarla -con

 

       idéntica lentitud- a la altura de su pecho. La llama os-

 

       ciló. El miedo, de nuevo, se había colado en los cora-

 

       zones.

 

       -¿Has oído? -susurró, conociendo de antemano la

 

       respuesta.

 

       Moví la cabeza afirmativamente.

 

       Y un segundo quejido, gruñido o lamento -imposi-

 

       ble determinarlo-, más claro y prolongado, se propagó

 

       por la gruta. Y el cuenco se escurrió entre mis dedos.

 

       Catapultados por el pánico, nos pusimos en pie al

 

       unísono. El cabello volvió a erizarse y las respiraciones

 

       se atropellaron.

 

       -¿Ratas? -acerté a articular.

 

       Pero David, atento a la posible repetición del ronco e

 

       irreconocible sonido, no contestó. Y con prisas vertió el

 

       aceite de la lámpara sobre la tela anudada al segundo

 

       bastidor del arpa, incendiándola.

 

       Lejos de tranquilizarme, la precipitada acción acele-

 

       ró mi ansiedad. Y sin saber a dónde mirar, imaginando

 

       un inminente ataque de cientos de roedores, aplastado

 

       31

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       por el miedo y el silencio, me lancé sobre el cántaro de

 

       barro, blandiéndolo con desesperación.

 

       Un nuevo quejido me paralizó. Esta vez sí lo recono-

 

       cí. Era idéntico al que nos sorprendió en la primera

 

       oquedad, cuando nos disponíamos a revisar el cofre.

 

       Una especie de apagado lamento, entre humano y ani-

 

       mal. Procedía, al parecer, de los silos.

 

       Y con el vello en pie y el corazón desbocado vi cómo

 

       mi compañero se arTodillaba frente a la entrada al ter-

 

       cer pozo. introdujo la antorcha en la oscuridad y per-

 

       maneció inmóvil unos segundos. Pero el lamento no re-

 

       gresó.

 

       Me reuní con él, contemplando lo que ya había ob-

 

       servado en la anterior inspección: los sacos en desor-

 

       den, el par de canastas y la sandalia de cuero, con las

 

       tiras rotas y revueltas.

 

       David, dirigiendo el fuego hacia el cargamento de

 

       piedras, manifestó su extrañeza, confirmando así mi

 

       error. Aquello -señaló sin titubeos- no era lógico.

 

       ¿Por qué guardar piedras en un silo, habitualmente des-

 

       tinado a forraje, grano y frutos secos? ¿Y desde cuándo

 

       los humildes felah -los campesinos de Nazaret- se

 

       permitían el lujo de abandonar una preciada sandalia?

 

       Y una idea -la misma, supongo- nos alcanzó de

 

       lleno.

 

       De mutuo acuerdo nos dispusimos a descender, exa-

 

       minando la bodega con detenimiento.

 

       El anciano me permitió hacer. Anudé la cuerda a su

 

       cintura y, antorcha en mano, me deslicé por la maroma

 

       hacia el fondo de la oquedad.

 

       Siguiendo las indicaciones de mi amigo empecé por

 

       el calzado. El material, seco y desgastado por el uso, no

 

       me dijo nada. El polvo de la suela podía corresponder a

 

       cualquier-a de los caminos de acceso a la aldea. Levanté

 

       la vista hacia los blancos cabellos de David y me encogí

 

       de hombros. La verdad es que no supe identificarlo. Se

 

       trataba de una sandalia como tantas otras. Y lanzándo-

 

       la hacia el criado le pedí que la revisara. No hubo suer-

 

       te. El anciano negó con la cabeza.

 

       Centré entonces mi interés en los sacos. Se hallaban

 

       32

 

       perfectamente cerrados por una costura de esparto.

 

       Tanteé la arpillera, deduciendo el contenido: muy posi-

 

       blemente trigo o cebada. Y al presionar el costado del

 

       siguiente, los dedos se hundieron con facilidad. El ve-

 

       nial e intr-ascendente detalle resultaría decisivo. Y extra-

 

       ñado empujé de nuevo. Un suave siseo confirmó mis

 

       sospechas. El grano escapaba por alguna rotura o des-

 

       cosido.

 

       En un primer momento -así debo reconocerlo- no

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       le presté excesiva atención. Y me pregunto con horror

 

       qué habría ocurrido de no ceder a la curiosidad. Pero

 

       algo o alguien (?) me impulsó a doblarme sobre el fon-

 

       do, buscando la fuga. ¡Dios misericordioso! Allí, en

 

       efecto, encontré un hilo de granos de trigo duro, elíp-

 

       ticos, casi diáfanos, que resbalaban mansamente hacia

 

       el suelo del silo…. ¡perdiéndose por una ranura!

 

       David, impaciente, siguió reclamando información.

 

       Sinceramente, lo olvidé.

 

       E inmovilizando la tea entre los sacos más cercanos

 

       -intuyendo el remedio a nuestros males-, me empeñé

 

       en una desordenada «limpieza» del lugar. Arrastré como

 

       pude una de las canastas de piedra. Sin embargo, la hol-

 

       gada túnica limitó mis movimientos. Y ante la perpleja

 

       mirada de su dueño me desembaracé de ella.

 

       No me equivocaba. CerTé los puños con satisfacción

 

       y, levantando el rostro hacia el descompuesto sirviente,

 

       grité eufórico:

 

       -¡Una trampilla!

 

       Lo malo es que, en pleno aturdimiento, la expresión

 

       fue pronunciada en inglés. Era la tercera vez que caía

 

       en idéntico lapsus. La primera, en el patio de la casa de

 

       Uas Marcos, en Jerusalén, y en presencia del joven

 

       Juan Marcos, cuando me hallaba en plena conexión

 

       auditiva con el módulo. La segunda, días más tarde, en

 

       .Ganá, en el hogar de Meir, el rofé de las rosas, al ser des-

 

       pertado por María, la Señora, en plena pesadilla (1).

 

       Afortunadamente, rectificando al instante, el desliz

 

       (1) Véase Caballo de Troya (volúmenes 2 y 4), pp. 350 y 130, res-

 

       ¡va-ente. (Nota del autor.)

 

       33

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       1

 

       quedó solapado por la desbordante alegría de mi com-

 

       pañero de desventuras.

 

       Me pidió bajar, si bien, recordándole que era el res-

 

       ponsable de la cuerda, se contuvo a regañadientes.

 

       Al despejar la menguada base del silo apareció la

 

       magnífica lámina de un tosco entablado de unos ochen-

 

       ta centímetros de lado. Nunca algo tan vulgar se me an-

 

       tojó tan sublime.

 

       Y el ya familiar quejido atronó de nuevo la cueva,

 

       haciéndome retroceder y caer sobre las canastas.

 

       No cabía duda. Nacía en la oquedad que, a buen se-

 

       guro, se abría bajo la trampilla.

 

       Y con un hilo de voz, indeciso ante el peligro que po-

 

       día suponer la apertura del pozo, solicité el consejo de

 

       David.

 

       El gesto de sus manos y la orden, apremiándome

 

       para que trepara, fueron tajantes. ¿Qué desconocido

 

       animal se ocultaba bajo mis pies?

 

       Pero la imperiosa necesidad de cancelar aquella tor-

 

       tura fue más fuerte que el instinto. Y haciendo caso

 

       omiso de las sensatas advertencias del sirviente -sa-

 

       cando fuerzas de ningún sitio-, arranqué la tea y me

 

       arrudillé sobre el podrido maderamen.

 

       Silencio.

 

       Los dedos, cautelosos, se aproximaron a una de las

 

       rendijas.

 

       El fuego, a una cuarta del entablado, acusó una re-

 

       cia y preciosa corriente de aire.

 

       Me envalentoné.

 

       De haberse tratado de otro silo ciego y sin escape la

 

       flama no habría protestado.

 

       ¿Y el animal? ¿Por qué había enmudecido? Mi proxi-

 

       midad era obvia. ¿Aguardaba a que franqueara el aguje-

 

       ro para atacar?

 

       Y el tenso silencio -como un aviso- me traspasó

 

       hasta las entrañas.

 

       Acaricié la trampilla. Deslicé las yemas de los dedos

 

       por una de las brechas y, conteniendo la respiración,

 

       tiré de la tabla con violencia.

 

       Silencio.

 

       34

 

       Y el sudor, un tren de escalofríos y el miedo se aso-

 

       maron conmigo a las tinieblas de la sima.

 

       Ahora, en la distancia, entiendo y compadezco al po-

 

       bre e indefenso Jasón. La obsesión por aquel animal o

 

       animales me tenía ofuscado. Y bregando con la oscuri-

 

       dad, en un desesperado empeño por localizarlo, caí en

 

       un nuevo error. Fui a descargar la casi totalidad del

 

       peso de mi cuerpo en la mano izquierda, firmemente

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       asentada sobre la trampilla. La negrura era absoluta.

 

       Me removí inquieto, oscilando hacia uno y otro lado,

 

       pendiente del menor ruido o movimiento.

 

       ¡Allí estaba!…

 

       Creí distinguir una sombra informe, de gran tamaño,

 

       agitándose y gruñendo.

 

       Me descompuse.

 

       Y el instinto tiró de mí. Aún estaba a tiempo de esca-

 

       par. Pero quise cerciorarme. Segundo error.

 

       Introduje la llama por la estrecha abertura, volcán-

 

       dome materialmente sobre las míseras maderas.

 

       A partir de esos momentos, todo fue confusión. Mis

 

       recuerdos no están muy claros.

 

       El descompuesto entablado -vencido por mis ochen-

 

       ta kilos- cedió de improviso y con estrépito.

 

       Traté de reaccionar. Imposible.

 

       La antorcha escapó e, impotente, me precipité al

 

       vacio.

 

       Y de aquel dramático segundo sólo viene a mi me-

 

       moria el grito de terror de David.

 

       Y los acontecimientos, como digo, se encadenaron a

 

       gran velocidad.

 

       Con escasa diferencia sobre la tea fui a caer de bruces

 

       sobre una especie de plancha, también de madera, que

 

       afortunadamente alivió el comprometido impacto.

 

       1. Acusé el dolor, pero, sin tiempo siquiera para la-

 

       ~,mentarme, el segundo entablado se desfondó hecho

 

       afficos. Y el griego, en pleno caos, quedó atascado en-

 

       tre las hirientes astillas, malamente sujeto a la altura

 

       ,de las axilas.

 

       Las piernas bambolearon en el vacío, solicitando un

 

       o que naturalmente no encontraron.

 

       35

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       i

 

       1

 

       Y perdido todo control, clavé las uñas en las tablas

 

       que todavía resistían.

 

       Tenía que liberarme.

 

       Y movilizando hasta el último gramo de las perdidas

 

       fuerzas, haciendo palanca con los codos, me impu sé

 

       sobre los restos de la trampa.

 

       Jadeando, con la musculatura aballestada, las man-

 

       díbulas rechinando y los ojos desencajados, peleé du-

 

       rante unos instantes eternos.

 

       El tórax se elevó unos centímetros. Cerré los ojos e,

 

       intentando controlar la respiración, lancé una nueva

 

       acometida.

 

       El segundo tirón fue ruinoso.

 

       Un crujido congeló el empeño. La fortísima presión

 

       acababa de quebrar el listón sobre el que intentaba

 

       izarme.

 

       Y en un movimiento reflejo, buscando donde afe-

 

       rrarme, recorrí en décimas de segundo el sector de la

 

       oquedad que tenía a la vista.

 

       Sólo tuve tiempo de distinguir la tea, caída y chis-

 

       porroteando en un rincón, y aquel bulto negro aproxi-

 

       mándose a pequeños saltos…

 

       Después, la negrura.

 

       El entablado se vino abajo definitivamente, y yo

 

       con él.

 

       Y otro calambre -casi una llamarada- atizó mis

 

       entrañas.

 

       ¿Dos?… ¿Tres?… ¿Cinco metros?

 

       Nunca lo supe. La caída -eso sí- se me antojó in-

 

       terminable.

 

       Y este desafortunado explorador, braceando en la os-

 

       curidad, fue a irrumpir en las frías aguas de una de las

 

       cisternas que daban forma al subsuelo de Nazaret.

 

       Me hundí. Toqué fondo y, reactivado por la súbita y

 

       fuerte impresión, propiné una decidida patada contra a

 

      

 

       piedra, escapando veloz hacia la superficie.

 

       Apenas si alcancé a tomar aire. Una turbulenta co-

 

       rriente me zarandeó. Y desorientado, incapaz de razo-

 

       nar, me vi arrastrado en mitad de las tinieblas.

 

       Quise nadar. Pero ¿hacia dónde?

 

       36

 

       Y la violencia del río subterráneo –despertada sin

 

       duda por las recientes e intensas lluvias- me estrelló

 

       sin respiro contra unas invisibles paredes. Busqué asir-

 

       me a alguno de los salientes. Inútil. La roca, erosiona-

 

       da, era un cuchillo.

 

       Y en uno de los embates, en el fragor de la pelea, con

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       la sola idea de sobrevivir, la frente topó con uno de los

 

       nudos rocosos. Y el Destino, así, dio por cerTado este in-

 

       grato e imborrable capítulo en la «otra» Nazaret.

 

       El tordo canoro -un bulbul- inclinó la cabeza de

 

       azabache. Me observó curioso. Cantó fugazmente y,

 

       asustado o aburrido, remontó el vuelo, dejando al des-

 

       cubierto la brillante mancha amarilla de la cola.

 

       Los juncos, cimbreando, protestaron.

 

       Quise hablar. Quise decirle que no me abandonara.

 

       No pude.

 

       Y durante algunos instantes, aquellas imágenes fue-

 

       ron el mundo. Todo mi mundo.

 

       La verde junquera recobró despacio la gallarda ver-

 

       ticalidad. Y mirando sin ver me uní al lento y obstina-

 

       do volar de los montañosos y amenazadores cumulo-

 

       nimbos.

 

       ¿Qué había sucedido?

 

       No hubo respuesta.

 

       Me sentía cansado. Muy cansado. Quizá por ello,

 

       Conscientemente, me abandoné sin resistencia. Y no

 

       puedo asegurar en qué «ahora», en qué momento histó-

 

       fico, se hallaba mi mente. Fue un desconcertante esta-

 

       do, dulce y amargo a la vez. No pensaba o quizá lo ha-

 

       cía a niveles remotísimos.

 

       Pero el golpeteo del agua entre los pies desnudos

 

       vino a socorrer a la extraviada memoria.

 

       1 Y la escena de un rabioso río subterTáneo, arrastrán-

 

       dome, me devolvió al ojo del huracán.

 

       ¡La caverna!

 

       Intenté incorporarme. Un agudo dolor en la frente

 

       37

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       1

 

       1

 

       me detuvo. Palpé y un aparatoso hematoma abrió defi-

 

       nitivamente el portalón de los recuerdos.

 

       Caí de nuevo de espaldas, más desfondado ante la

 

       película de la reciente y traumática experiencia que por

 

       el pertinaz martilleo de la cabeza.

 

       ¡Dios santo!

 

       Vi el desplome de la última plataforma de madera y

 

       la caída en las aguas de la cisterna. Vi las tinieblas y la

 

       desesperada lucha con la turbulenta corriente. ¿Y des-

 

       pués? ¿Cómo había llegado hasta allí?

 

       Temblé como un niño. Y fui a refugiarme en los ne-

 

       gros torreones nubosos. Los «Cb» procedentes del Me-

 

       diterráneo, rumbo al sur, seguían cubriendo Nazaret.

 

       Había dejado de llover.

 

       ¿Nazaret? ¿Me hallaba en verdad en la aldea?

 

       Y una atropellada legión de interrogantes me pisoteó

 

       literalmente, dejándome sin aliento.

 

       ¿Qué día era?… ¿Seguía en aquel fatídico jueves,

 

       27 de abril del año 30?… ¿Cuánto había transcurrido

 

       desde el brutal encontronazo con la roca?… ¿Dónde es-

 

       taba David, mi fiel compañero?… ¿Y mis ropas?… ¿Y la

 

       «vara de Moisés»?

 

       Angustiado acerté al fin a sentarme. Y algunas de las

 

       lagunas se despejaron.

 

       Comprobé aliviado que me hallaba en la margen de-

 

       recha de la torrentera que descendía del Nebi. Enfrente,

 

       al otro lado del crecido y rugiente cauce, se alzaba el ta-

 

       lud de veinte metros que ponía punto final al costado

 

       occidental de la población.

 

       Busqué referencias. Y torrente abajo, por detrás de

 

       la masa de olivos, divisé el ceniciento perfil de la po-

 

       sada.

 

       Pero ¿cómo había escapado de aquel infierno?

 

       Sólo pude hacerme con una posible explicación. La

 

       desconcertante aparición en la orilla tenía que guardar

 

       relación con los gruesos caños de agua que fluían vio-

 

       lentos a diferentes niveles en el cortado rocoso. Conté

 

       hasta seis. Y supuse que servían de aliviaderos a las cis-

 

       ternas de la tenebrosa Nazaret subterránea. Con toda

 

       probabilidad, la impetuosa riada terminó por arTojarme

 

       38

 

       al exterior a través de alguno de los desagües que tenía

 

       a la vista. El resto no era difícil de imaginar.

 

       Y semidesnudo, sentado frente a tan indulgente to-

 

       rrentera, levanté la mirada hacia los oportunos y borras-

 

       cosos «yunques», dando gracias a ese Padre imprevisible

 

       y bondadoso por haber prolongado mi vida. Y sonreí

 

       para mis adentros. La vida tiene estas paradojas. ¿0 no

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       era la vida? La furiosa lluvia que me empapó por la ma-

 

       ñana, forzándome a prescindir de las ropas y desarmán-

 

       dome, se encargó de liberarTne por la tarde. ¿Era aquello

 

       casual? ¿Qué habría sido de este explorador de no haber

 

       llovido tan intensa y torrencialmente?

 

       Y dejando a un lado lo que, evidentemente, sólo eran

 

       hipótesis, me dispuse a actuar.

 

       Busqué el sol, adivinándolo con dificultad entre las

 

       oscuridades de la tormenta. Podía ser la hora décima

 

       (alrededor de las cuatro de la tarde). Eso representaba

 

       unas dos horas Y cincuenta minutos de luz. Eché cuen-

 

       tas y, aceptando que fuera jueves, deduje que la estancia

 

       en la gruta se había prolongado casi cinco horas.

 

       Y el recuerdo de David denso y angustioso, llenó mi

 

       ~soluta prioridad. ¿Seguiría en

 

       corazón, concediéndole a

 

       la cripta? Era imperioso acudir en su ayuda.

 

       Pero al incorporarme comprendí lo penoso de mi si-

 

       tuación. Ropas, bolsa y la «vara de Moisés» -era un su-

 

       poner- continuaban en la guarida de la víbora. Tenía

 

       que recuperarlas de inmediato. La pérdida del manto y

 

       la túnica no era grave. La bolsa de hule, en cambio, con

 

       las «crótalos», el salvoconducto de Poncio y los dineros

 

       -los últimos y preciosos ciento treinta y un denarios de

 

       plata- sí me preocupaba. En cuanto al cayado, la desa-

 

       parición habria resultado irreparable. Buena parte de la

 

       Operación funcionó, y debía seguir funcionando, mer-

 

       ced a sus complejos y utilísimos dispositivos técnicos.

 

       Opté por ascender río arriba. Vadear la poderosa ave-

 

       nida y trepar por el acantilado no era aconsejable.

 

       Y lentamente fui a reunirme con el endeble puente-

 

       cillo de troncos. La no muy lejana y no menos amarga

 

       experiencia al cruzarlo con la Señora, perdiendo en el

 

       39

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       tropiezo el saco de viaje y, con él, las sandalias «electró-

 

       nicas», me hizo extremar la cautela.

 

       Una ojeada al desierto taller de alfarerla -ubicado a

 

       un paso del puente- me previno. Era extraño que los

 

       hijos del desaparecido Nathan no se hallaran ocupados

 

       en sus habituales faenas con el barro.

 

       Pero, con la obsesiva fijación de recuperar mis per-

 

       tenencias y auxiliar al criado, pasé de largo, olvidando

 

       el asunto.

 

       Esquivé el enmarañado cinturón de huertos de aque-

 

       lla zona occidental de la aldea, decidiéndome por el

 

       camino más corto -el filo del terraplén- hacia la ex-

 

       planada en la que se levantaba el caserón que servía de

 

       sinagoga y vivienda del saduceo.

 

       A una veintena de metros de la fachada norte detuve

 

       la cada vez más nerviosa y acelerada marcha. Una rabia

 

       sorda y un creciente sentimiento de desquite empeza-

 

       ban a ofuscarme. Debía serenarme. No podía caer en

 

       nuevos errores. Esta vez no. Pero ¿cómo actuar?

 

       Y el Destino allanó el problema.

 

       Lo primero que llamó mi atención fue la cortina de

 

       lana escarlata que colgaba habitualmente en el zaguán

 

       de la casa de Ismael. Se hallaba desprendida y revuelta

 

       sobre la tierra apisonada que daba consistencia a la pe-

 

       queña explanada.

 

       Intuí algo. E indeciso permanecí acechante.

 

       El pozo de piedra, a cuatro metros del encalado

 

       muro, aparecía tan solitario como el resto del lugar. Los

 

       recientes aguaceros hacían brillar el húmedo trípode

 

       metálico. El cubo de madera, cargado de lluvia, crujia a

 

       ratos, con desgana, mecido por la avanzadilla del maa-

 

       rabit, el puntual viento del oeste.

 

       Las dos puertas de la sinagoga, a la izquierda, no

 

       presentaban alteración. Seguían clausuradas. La única

 

       señal de vida en aquel extremo del cuadro corría a car-

 

       go de un chorTo de agua, grueso como un puño, que

 

       huía por un canalón abierto en el terrado. De vez en

 

       cuando, en su precipitación, arrancaba destellos a los

 

       grises sillares del vetusto edificio.

 

       Al fondo, por detrás de la construcción, a medio cen-

 

       40

 

       tenar de pasos, la aldea, como dormida, parecía ausen-

 

       te y ajena a tanta tribulación. Una vez más me equivo-

 

       caba.

 

       Había llegado la hora. No podía soportar aquella in-

 

       certidumbre ni un minuto más. En cuanto al sacerdote

 

       y demás inquilinos de la vivienda, algo se me ocurriría

 

       sobre la marcha.

 

       Y con paso enérgico salvé la distancia que me sepa-

 

       raba de la entrada, penetrando en el hall como un tor-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       nado.

 

       Pero la estancia se hallaba igualmente desierta. Agu-

 

       cé los sentidos. En alguna parte, alguien gimoteaba.

 

       Y sin poder evitarlo, varias descargas de adrenalina

 

       tensaron el furor que había entrado conmigo. La pre-

 

       sión arterial se elevó y el corazón, reforzado, tiró de mí

 

       como un ariete. No sé qué hubiera sido del saduceo si

 

       alcanzo a cruzarme con él en esos momentos de des-

 

       control.

 

       Y sin rozar siquiera el pulido suelo de piedra traver-

 

       tina, fui a caer como un tigre en la siguiente sala.

 

       Y allí, entre las refulgentes paredes de bronce, asistí

 

       a una escena que, por un lado, me habría encantado

 

       protagonizar y, por otro, vendría a calmar mi justifica-

 

       da pero poco recomendable ira.

 

       Jacobo, el albañil, giró la cabeza sobresaltado. Y al

 

       identificarme palideció.

 

       Su mano izquierda sostenía una ancha espada de do-

 

       ble filo -un gladius, con la punta encelada en la gar-

 

       ganta de un individuo lloriqueante y derribado junto a

 

       la lujosa mesa de madera de limonero.

 

       En un primer momento no reparé en la identidad del

 

       sujeto. Tenía el rostro vuelto hacia una de las menorah

 

       (el candelabro sagrado de siete brazos) incrustada en

 

       las planchas. Fue su ginecomastia (anormal volumen de

 

       las mamas), oscilando arriba y abajo a cada convulsa

 

       ~respiración, lo que trajo a mi mente el nombre del odia-

 

       do Ismael. No había duda. Allí estaban los restantes sig-

 

       nos de su cirrosis: la acusada demacración muscular, el

 

       C~jecimiento palmar, la ascitis o acumulación de lí-

 

       qtúdo en la cavidad abdominal y, sobre todo, los nevos

 

       41

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       «en araña» en manos y mejillas (vasos dilatados que se

 

       disponen en forma radial, como las patas de las arañas).

 

       ¿Qué había sucedido?

 

       No me atreví a interrogar al rubio y desencajado cu-

 

       ñado de Santiago. Tampoco él cruzó palabra alguna.

 

       Pero empecé a sospechar cuál podía ser la raíz de tan

 

       extrema actitud.

 

       El pie derecho del habitualmente tímido y reservado

 

       amigo de la infancia de Jesús siguió aplastando el abul-

 

       tado vientre del sacerdote. Y el hierro, implacable, con-

 

       tinuó hundido en el cuello del aterrorizado viejo. La

 

       blanca y antaño impecable túnica de lino del jefe del

 

       consejo aparecía con la manga izquierda desgarrada y

 

       la faja suelta y en desorden. Evidentemente, el saduceo

 

       había ofrecido resistencia.

 

       Di por hecho que la intención de Jacobo no era eje-

 

       cutar al humillado enemigo de la familia. Las aparien-

 

       cias indicaban que se estaba limitando a inmovilizar-

 

       le. E Ismael, acusando el filo del gladius, en un gesto

 

       instintivo, llevó las manos a la espada, tratando de

 

       contener la presión.

 

       -¡Bas… has… tardo! -tartamudeó el colérico alba-

 

       ñil, lanzando una amenaza que obligó a la víbora a re-

 

       considerar su audacia- ¡Con… concédeme el placer

 

       de … de … de liberar a mi… a mi… a mi pueblo… de

 

       tu … tu … tu sucia presencia!

 

       Estaba claro que el yerno de la Señora no se habría

 

       atrevido a maquinar en solitario aquella casi suicida

 

       irrupción en los dominios del máximo representante de

 

       la ley. Y no estimando oportuno someterle a las lógicas

 

       preguntas -mucho menos en presencia del saduceo-

 

       opté por revisar el lugar con la esperanza de aclarar el

 

       enigma.

 

       Y al punto reparé en una de las paredes. Entre las lá-

 

       minas de bronce destacaba el negro y estrecho rectán-

 

       gulo de la puerta secreta, abierta, por la que David y yo

 

       habíamos cruzado esa misma mañana. Las piezas se-

 

       guían encajando.

 

       Avancé con el decidido propósito de franquearla de

 

       nuevo y enfrentarme al irritante misterio. Pero al apar-

 

       42

 

       tar con el pie los mullidos almohadones de seda persa,

 

       dispersos sobre las losas de breccia, el rumbo de los

 

       acontecimientos cambió sustancialmente. En parte para

 

       bien y -cómo no- también para mal. Me explicaré.

 

       El corazón me dio un vuelco. Y olvidando cuanto me

 

       rodeaba me precipité hacia el rincón donde, víctimas

 

       del mismo desorden, yacían semiocultas mis ropas y el

 

       cayado.

 

       Aliviado, me felicité una y otra vez. Antes de lo ima-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       ginado -y de la forma más insospechada- logré res-

 

       catar la túnica color hueso, la ch1amys azul celeste y la

 

       insustituible vara de Moisés.

 

       Acaricié el cayado, examinándolo con ansiedad. No

 

       hallé desperfecto alguno. Al menos en apariencia.

 

       Y sin más dilación me enfundé la túnica, enrollan-

 

       do el engorroso manto alrededor del tórax y sobre el

 

       hombro.

 

       Puede parecer pueril. Sin embargo, al contacto con

 

       la cálida y familiar lana de Judea, el ánimo se enderezó.

 

       Me sentí más seguro.

 

       Ajusté las cuerdas egipcias que formaban el cíngulo

 

       o ceñidor y, de pronto, al reparar en mis pies desnudos,

 

       caí en la cuenta que faltaban el calzado y la bolsa de

 

       hule impermeabilizado. Recordaba perfectamente

 

       cómo me había descalzado, depositando en el hall las

 

       sandalias «electrónicas», el único par disponible. En

 

       cuanto a la bolsa, yo mismo la anudé a la vara, entre-

 

       g n o as muy a mi pesar- al cuidado de uno de los

 

       sirvientes.

 

       Nervioso, revolví los almohadones. Y gateando fui a

 

       deslizarme, incluso, entre las patas de marfil de la

 

       mesa.

 

       Ni rastro…

 

       Desasosegado ante la mortificante idea de perder

 

       también las vitales lentes de contacto y los denarios,

 

       continué arrastrándome con la vista clavada en el pavi-

 

       mento, apartando platos, jarras, restos de comida, ban-

 

       dejas y otros enseres volcados y desperdigados en el

 

       forcejeo que, sin duda, precedió al sometimiento del sa-

 

       duceo. El pasaje terminaría bruscamente y de la peor de

 

       43

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       las maneras: en mi obcecación, sin norte alguno, fui a

 

       topar con notable ímpetu con los muslos del sorprendi-

 

       do Jacobo, que, desequilibrado, rodó cuan largo era.

 

       Escuché una maldición. Después le vi revolverse, in-

 

       tentando ponerse en pie. Fue en vano. El manto de fran-

 

       jas verticales rojas y negras le jugó otra mala pasada. En

 

       plena gresca consigo mismo pisó los bajos del amplio ro-

 

       paje, cayendo de nuevo.

 

       Fueron segundos. Suficiente, sin embargo, para que

 

       el postrado Ismael reaccionara. Y al verse libre del gla-

 

       dius, arrancó berreando como un becerro, perdiéndose

 

       en la oscuridad del pasadizo secreto.

 

       Cuando quise solicitar disculpas por mi torpe proce-

 

       der, el frío roce de la espada entre los ojos me dejó sin

 

       habla.

 

       El albañil, juzgando el encontronazo como un ata-

 

       que a traición, enrojeció hasta las cejas. Y los ojos azu-

 

       les, nublados por el rencor, me fulminaron.

 

       Arrodillado a sus pies creí llegada mi hora.

 

       Pero su reacción me desconcertó. Quizá fue mi atur-

 

       dida mirada, vacía de toda maldad. No lo sé…

 

       La cuestión es que, tras unos instantes de vacilación,

 

       incapaz -supongo- de descargar el golpe fatal me

 

       arrojó un salivazo, jurando que pagaría por mi joble

 

       juego.

 

       -¡Jacobo!

 

       El inesperado llamamiento interrumpió el amargo

 

       lance. Creí reconocer aquella voz grave y autoritaria.

 

       No me equivocaba. En el umbral de la puerta secre-

 

       ta se recortaba la corpulenta figura de Santiago, el her-

 

       mano del rabí de Galilea. Vestía su habitual túnica blan-

 

       ca y la ancha y ajustada faja roja. Ceñía la frente y los

 

       lacios y canosos cabellos con una cinta negra. Sostenía

 

       otra espada de similares características y -lo que era

 

       más importante- al escurridizo saduceo, sujeto por la

 

       ropa y sin contemplaciones. Estaba claro que acababa

 

       de atraparlo en plena fuga.

 

       Y con la templanza que le caracterizaba fue a liqui-

 

       dar la enojosa escena.

 

       -¡Ya basta!

 

       44

 

       El albañil, más confundido aún, me señaló con la

 

       mano derecha, balbuceando la palabra traición.

 

       Negué como pude.

 

       Pero Santiago, empujando al lívido sacerdote, no

 

       prestó atención a ninguna de las partes en litigio. Sus

 

       pensamientos rodaban en otra dirección. Y así lo expre-

 

       só sin rodeos:

 

       -Nuestro objetivo está satisfecho. Regresemos.

 

       No alcancé a comprender. ¿A qué objetivo se refería?

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Jacobo retiró el gladius y se hizo a un lado. Y ante

 

       este desconcertado explorador tuvo lugar un desfile que

 

       aclararía las dudas y que nunca olvidaré.

 

       Inmediatamente detrás del oportuno Santiago vi

 

       aparecer a un Juan Zebedeo encogido y tambaleante,

 

       ayudado en su inestable caminar por uno de los hijos de

 

       Nathan, el alfarero. El fino rostro, demacrado, presen-

 

       taba un tinte lechoso. Me estremecí. Los negros ojos,

 

       antaño vivos y penetrantes, parecían extraviados.

 

       Le miré de arT-iba abajo, estupefacto. Y al reparar en

 

       sus pies me vi asaltado por unas viejas y dolorosas imá-

 

       genes.

 

       ¡Le faltaba una sandalia!

 

       Y la dramática escena en el silo, a punto de caer en

 

       las aguas de la cisterna, con aquel bulto gruñendo y agi-

 

       tándose, cobró sentido. Y comprendí también el porqué

 

       de las canastas repletas de piedras y la sandalia aban-

 

       donada entre los sacos de cereal.

 

       ¡Dios, cuánta torpeza!

 

       Y unas fatídicas frases, pronunciadas por Ismael en

 

       la mañana del miércoles, a lo largo de mi entrevista con

 

       el ponzoñoso personaje, retumbaron en la memoria,

 

       clarificando definitivamente el suceso:

 

       ,… en cuanto a ese Zebedeo…. quizá tu “minucia”

 

       haya sido ya satisfecha.»

 

       La inmediata aparición del segundo de los alfareros,

 

       igualmente armado y haciendo presa sin piedad en los

 

       cabellos de otro individuo de baja estatura, me sacó de

 

       ulas ~ue

 

       n ded ciones que no tardaría en confirmar.

 

       El huesudo y mal encarado rostro del segundo pri-

 

       sionero me resultó familiar. ¿Dónde le había visto?

 

       45

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       No tardé en recordar. Los aflautados gemidos me

 

       trasladaron al instante a las «puertas» de la aldea, re-

 

       memorando la sanguinaria estampa de Judá, el acólito

 

       del sacerdote, introduciendo la mecha ardiente en la

 

       garganta del infeliz reo, ajusticiado aquella misma ma-

 

       ñana del jueves,

 

       Algo, sin embargo, no terminaba de encajar. Acep-

 

       tando que la hipótesis fuera correcta y que el jefe del

 

       consejo hubiera sepultado al Zebedeo en la caverna,

 

       ¿cómo explicar la presencia de Santiago y su gente?

 

       ¿Cómo lo habían sabido?

 

       Pero las sorpresas continuaron.

 

       Cerrando la comitiva, irrumpió en la sala otro entra-

 

       ñable amigo a quien, por cierto, casi tenía olvidado.

 

       -¡David!

 

       El anciano sirviente, inmóvil, de espaldas a la puer-

 

       ta, acusó la abundante y dorada luz que brotaba de las

 

       dos grandes lucernas de hierro colgadas de la techum-

 

       bre. Parpadeó dolorido y buscó la voz que le reclamaba.

 

       Al verme, creyéndome muerto, dibujó una media

 

       sonrisa y, atropellado por la emoción, rompió a llorar.

 

       Y sorteando al grupo, dejándome arrastrar por la ale-

 

       gría, me lancé sobre mi leal compañero, abrazándole.

 

       -Pero, señor…

 

       El buen hombre, arrasado por el llanto, trataba inú-

 

       tilmente de preguntar, de comprender. Quise calmarle,

 

       prometiéndole toda clase de explicaciones. Pero la firme

 

       voz de Santiago, reclamando la atención general, dejó

 

       en suspenso mis intenciones.

 

       -Y ahora atiende -sentenció el hermano del Maes-

 

       tro, dirigiéndose al desaliñado saduceo-. Si tú y ese

 

       grupo de fanáticos nos olvidáis para siempre…

 

       Recalcó el «para siempre».

 

       -… nosotros también olvidaremos este ultraje.

 

       Ismael acertó al fin a levantar los enrojecidos ojilloS

 

       y, destilando un odio tan denso y repulsivo como su

 

       aliento, desafió al sereno galileo:

 

       -¿Ultraje?… ¿De qué ultraje hablas?

 

       Y enroscándose en su soberbia, señalando a los pre-

 

       46

 

       11

 

       sentes, dejó sentado que él y sólo él era depositario de

 

       la verdad:

 

       —. He cumplido con mi deber, poniendo una valla

 

       en torno a la Torá (1).

 

       Santiago, conociendo sus torcidas interpretaciones,

 

       le rectificó:

 

       -No utilices a tu antojo la sabiduria de la Gran

 

       Asamblea. Aquellos hombres prudentes dijeron: «Sed

 

       cautos en el juicio, suscitad muchos discípulos…. y po-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       ned una valla en torno a la Torá.» Ésta sí es toda la

 

       verdad.

 

       Y, fortaleciendo las palabras con una pausa, añadió:

 

       -¿Dónde está tu moderación?

 

       E indicando al íntimo del Maestro, a David y a quien

 

       esto escribe remachó:

 

       -Ni siquiera los has escuchado.

 

       El saduceo acusó el golpe. Y la cólera incendió las

 

       rojas «arañas» del rostro. Respiró con dificultad, bam-

 

       boleando las prominentes mamas y, cuando se disponía

 

       a replicar, Santiago –excelente conocedor de los textos

 

       sagrados- segó la hierba bajo sus pies:

 

       -Te recuerdo la sentencia de alguien más justo que

 

       tú. Simón, hijo de Onías (2), acostumbraba decir: «Sobre

 

       tres cosas se sostiene el universo: sobre la Torá, sobre el

 

       culto y sobre la caridad.» Tú pareces ignorar las tres…

 

       Y blandiendo el gladius a una cuarta de los babean-

 

       tes labios del sacerdote, le hizo una última y directa ad-

 

       vertencia:

 

       -Mi Hermano y Maestro me enseñó a anteponer la

 

       caridad a la Ley. Pero no abuses de mi paciencia.

 

       (1) En el tratado abot, sobre los «padres» o sabios de Israel, se

 

       especifica que Moisés recibió la Torá -la ley or-al- desde el Sinaí,

 

       transmitiéndola a Josué y éste, a su vez, a los ancianos (Jos. 24, 31).

 

       Y los ancianos la comunicaron a los profetas (Jer. 7, 25), y éstos, final-

 

       mente, a los hombres de la Gran Asamblea: el tribunal de 120 miem-

 

       bros que comenzó a actuar con Esdras después del exilio en Babilo-

 

       nia. (Nota del mayor)

 

       (2) Se refería quizá a Simón 1, sumo sacerdote, que vivió hacia

 

       el 280 antes de Cristo. Otras fuentes hablan de Simón II, también

 

       sumo sacerdote (200 a. de C.). (N. del m.)

 

       47

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Y girando sobre los talones se dirigió a la salida, dis-

 

       puesto a abandonar el lugan Y el odio de Ismael se fue

 

       tras él como una ola. Santiago y los suyos se equivoca-

 

       ban. Aquella rata no sabía del perdón. Su crispada faz

 

       fue todo un aviso.

 

       Y el grupo, silencioso, con las espadas en alto, se ino-

 

       vilizó sin perder la cara del aparentemente vencido sa-

 

       duceo y su verdugo. Y quien esto escribe, prudentemen-

 

       te, se retiró con ellos. Pero el Destino no había pasado

 

       aún aquella lamentable página. No para mí.

 

       Probablemente cometí una nueva torpeza. Aunque

 

       me alegro de que así fuera.

 

       En lugar de imitar a mis compañeros, saliendo de

 

       espaldas, el exceso de confianza me impulsó a hacerlo

 

       de frente. Y pagué por ello, aunque, insisto, de mil

 

       amores…

 

       De pronto, casi simultáneo a un agrio «¡Bastardo!»,

 

       sentí en el hombro derecho el impacto de algo contun-

 

       dente. Mis amigos, fuera de la casa, no advirtieron el

 

       postrer coletazo de rabia de Judá.

 

       Giré despacio. A mis pies se esparcían los restos de

 

       uno de los vasos de ágata.

 

       Clavé la mirada en el atacante y, decidido, con una

 

       súbita e irrefrenable idea en el cerebro, avancé un paso.

 

       El verdugo, no repuesto aún de la reciente humilla-

 

       ción y desconcertado ante la serena actitud de aquel

 

       extranjero, palideció. Interrogó al saduceo, y éste, lle-

 

       vando la mano izquierda al cuello, le animó a que me

 

       lo rebanara de un tajo.

 

       Pero el esbirro, desarmado, dudó. Buscó afanosa-

 

       mente, recorriendo la sala con la vista, mientras este

 

       complacido explorador deslizaba sus dedos hacia el ex-

 

       tremo superior de la «vara de Moisés», al encuentro con

 

       el clavo de ancha cabeza de cobre que activaba los ul-

 

       trasonidos. Y aunque no disponía de las «crótalos», con-

 

       fié en mi buen tino.

 

       Y recreándome, luciendo la más cínica de las sonri-

 

       sas, aguardé a que recuperara un mínimo de quietud.

 

       Ismael, a media voz, saboreando lo que consideraba el

 

       48

 

       principio de su venganza, animaba al acólito a termina

 

       con mi vida.

 

       Eché un vistazo a la puerta y, seguro de que el grup(:

 

       se alejaba ya del edificio, apunté al cráneo del indecis(:

 

       energúmeno. Y una descarga de veintiún mil hertz fue i

 

       traspasarle, alterando el aparato «vestibular», responsa

 

       ble de la percepción de sensaciones y de la permanenu

 

       información sobre la posición del cuerpo y la cabeza er

 

       el espacio. Las ondas ultrasónicas, de naturaleza mecá

 

       nica y cuya frecuencia se encuentra por encima de lo

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       límites de la audición humana (superior a los dieciochic

 

       mil hertz), invadieron el oído interno del matón, blo

 

       queando el conducto semicircular membranoso. Y per

 

       dido el control, con los ojos desorbitados, fue a roda

 

       por el pavimento.

 

       El sacerdote, sin comprender lo ocurrido, miró ató

 

       nito al inconsciente Judá. Después, alzando el rostro ha

 

       cia las vigas de la techumbre, indagó sin éxito. Y quier

 

       esto escribe esperó impertérrito.

 

       Respondí a su miedo supersticioso con una fría 3

 

       calculadora mirada. Algo debió de intuir y, cambiandc

 

       los papeles, con una notable teatralidad, cayó de rodi

 

       llas. Y reptando, implorando clemencia, fue aproxímán

 

       dose. Pero sólo obtuvo justicia.

 

       Y un segundo «cilindro» infrarrojo (1), protegiend(:

 

       los ultrasonidos, partió del cayado, haciendo blanco er

 

       (1) Con el fin de evitar el arduo problema del aire -enemigo

 

       de los ultrasonidos-, los especialistas de la Operación Caballo de

 

       Troya idearon un sistema capaz de «encarcelar» y guiar los ultra-

 

       sonidos a través de un finísimo «cilindro» o «tubería» de luz láser

 

       de aja energía, cuyo flujo de electrones libres quedaba «congela-

 

       do» en el instante de su emisión. Al conservar una longitud de

 

       onda superior a los 8 000 angstróm (0,8 micras), el «tubo» láser se-

 

       guía disfrutando de la propiedad esencial del infrarrojo, con lo que

 

       sólo podía ser visto mediante el uso de las también mencionadas

 

       lentes de contacto («crótalos»). De esta forma, las ondas ultrasóni-

 

       cas podían deslizarse por el interior del «cilindro» o «túnel» for-

 

       mado por la «luz sólida o coherente», pudiendo ser lanzadas a dis-

 

       tancias que oscilaban entre los cinco y veinticinco metros. (Véase

 

       Información sobre sistema de ultrasonidos en Caballo de Troya 1,

 

       p_ 291) (N. del a.)

 

       49

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       la calva de aquel miserable. Y en centésimas de segun-

 

       do se desplomó.

 

       Aunque de naturaleza inocua, el dispositivo de defen-

 

       sa garantizaba la inmovilización durante varios minutos.

 

       Y satisfecho di por zanjada mi pequeña y personal

 

       «venganza».

 

       Y dispuesto a retirarme, con el propósito de alcanzar

 

       al grupo, algo me retuvo. Fui a inclinarme sobre el exá-

 

       nime Judá y, en efecto, comprobé que no había errado.

 

       ¡Las sandalias «electrónicas»!

 

       Aquel miserable, conociendo mi encarcelamiento en

 

       la gruta, no dudó en apropiarse de ellas, calzándolas.

 

       Me apresuré a desatarlas y, mientras arrollaba y anu-

 

       daba las tiras de cuero de vaca a las canillas de mis pier-

 

       nas, una lógica presunción me arrastró a registrar el

 

       resto de su cuerpo.

 

       Si se había adueñado de las sandalias, también cabía

 

       pensar que hubiera hecho otro tanto con la bolsa de

 

       hule. Al menos, con los apetecibles denarios.

 

       Tiré de la hagorah -la faja en la que era costumbre

 

       esconder armas y dinero-, pero la hallé vacía. Tampo-

 

       co tuve suerte en el siguiente y nervioso cacheo.

 

       Y no deseando tentar la fortuna con el registro del

 

       saduceo, decepcionado, elegí abandonar el lugar. Y la

 

       Providencia me iluminó. Porque, nada más cruzar el za-

 

       guán, me salió al encuentro la figura de David, el sir-

 

       viente. Preocupado por mi tardanza, volvió sobre sus

 

       pasos. Y valientemente, desafiando el peligro, parecía

 

       dispuesto a entrar de nuevo en la casa, prestándome

 

       ayuda una vez más. Le tranquilicé como pude, excusán-

 

       dome en una verdad a medias. Mostré las sandalias, ex-

 

       plicando que el tal Judá había necesitado de «ciertos ar-

 

       gumentos» para comprender que debía restituirlas a su

 

       verdadero dueño.

 

       Guardó silencio y, visiblemente preocupado, miran-

 

       do atrás una y otra vez, rogó que nos alejáramos lo an-

 

       tes posible de la guarida de la víbora.

 

       E impaciente por despejar los puntos oscuros de su

 

       rescate y, cómo no, de la presencia del Zebedeo en la

 

       50

 

       gruta, le abordé sin tapujos mientras me dejaba guiar

 

       por el embarrado terreno hacia el laberinto de la aldea.

 

       Así fue cómo recompuse la definitiva explicación a la

 

       oportuna llegada de Santiago y su gente al cubil del jefe

 

       del consejo. Una explicación bastante sencilla, teniendo

 

       en cuenta el cúmulo de antecedentes.

 

       De acuerdo con lo narrado por el criado, nada más

 

       producirse nuestro encierro, al deslenguado Judá le fal-

 

       tó tiempo para propalar la «hazaña» de su amo y señor.

 

       Y con la inestimable ayuda de un par de jarras de vino,

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       toda la posada del «rana» terminó conociendo los por-

 

       menores de la historia. Y Débora, la «burrita», al tanto

 

       de mi entrevista con Ismael, se apresuró a presentarse en

 

       el hogar de la Señora, informando de lo ocurrido. La

 

       confidencia de la prostituta vino a ratificar lo que la fa-

 

       milia ya sabía por boca de otro de sus aliados en Naza-

 

       ret: el tal Jairo, el anciano de barbas deshilachadas que

 

       en la tarde del martes había aporreado la puerta del co-

 

       rral de la casa de María e informado a Santiago de la

 

       marcha a la vecina Séforis de la mano derecha del sadu-

 

       ceo -Judá- con el fin de solicitar instrucciones al tri-

 

       bunal sobre la supuesta «blasfemia» del herTnano del Re-

 

       sucitado.

 

       Al parecer -y esto no figuraba con claridad en la

 

       memoria del voluntarioso David-, las noticias facili-

 

       tadas por Jairo iban más allá de lo expuesto por Débo-

 

       ra. «Es más que probable -les anunció- que Juan, el

 

       discípulo del Maestro, haya corrido idéntica suerte,

 

       encontrándose sepultado en algún rincón del subte-

 

       rráneo. »

 

       Aquello sí aclaraba la inexplicable desaparición del

 

       Zebedeo. Y tras un acalorado parlamento -con la com-

 

       prensible oposición de las mujeres-, Santiago y su cu-

 

       ftado tomaron la decisión de acudir ante el vengativo sa-

 

       cerdote, pidiendo explicaciones. Y en previsión de más

 

       que probables complicaciones solicitaron el apoyo de

 

       los hijos de Nathan, el alfarero, así como de algunos de

 

       los vecinos más afines. Pero sólo dos de los tres alfare-

 

       ros aceptaron. El resto de la vecindad -atemorizado-

 

       se excusó ante el feo cariz de la propuesta. Y la aldea,

 

       51

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       como es natural, se vio conmocionada por lo ocuriido y

 

       por lo que a todas luces podía sobrevenir.

 

       Entonces entendí el porqué del anómalo cierre del

 

       taller de alfarería que se alzaba próximo al puentecillo

 

       de troncos y, sobre todo, la escena de Jacobo, amena-

 

       zando al saduceo con el gladius y su palidez al recono-

 

       cerme. Si se suponía que este extranjero permanecía

 

       enterrado en la cripta, ¿cómo demonios había llegado

 

       hasta allí? Pero el albañil, como ya mencioné, absorto

 

       en la custodia del peligroso Ismael, no preguntó.

 

       Según David, al poco de verme desaparecer en la ne-

 

       grura de la cisterna, percibió el rugido de la muela y un

 

       atropellado vocerío. Minutos después, Santiago y uno

 

       de los alfareros se deslizaban por la cuerda, alertados

 

       por las confusas explicaciones del sirviente y los enig-

 

       máticos gruñidos. Y al pisar el segundo silo -buscando

 

       en realidad al pobre Jasón- fueron a descubrir a un

 

       Juan Zebedeo atado de pies y manos y amordazado.

 

       La sor-presa del esclavo, al desentrañar el misterio,

 

       fue similar a la mía al ver desfilar al tambaleante discí-

 

       pulo.

 

       El resto de la secuencia, poco más o menos, ya lo co-

 

       nocía. Mi irrupción en la sala vino a coincidir con la de

 

       Santiago y demás integrantes de la expedición.

 

       Por mi parte, cumpliendo lo prometido, le propor-

 

       cioné las únicas explicaciones que acertaba a intuir so-

 

       bre mi liberación del subterráneo y que ya he referido.

 

       Y repitiendo sin cesar que «Dios está conmigo», el

 

       compungido anciano siguió tirando de este explorador

 

       entre rampas y callejones. Los recientes aguaceros, cu-

 

       briendo de barro, guijarros e interminables rios los re-

 

       covecos de la intrincada aldea, hacían más penoso el

 

       avance. Frente a las puertas, patios y corrales, hombres,

 

       mujeres y niños se afanaban con toda clase de vasijas y

 

       cántaros en el achique de las venas de agua que corrían

 

       desde el Nebi, inundando las míseras construcciones.

 

       Algunas de las matronas, sorprendidas a nuestro paso,

 

       cuchicheaban entre sí, haciéndose lenguas sobre un su-

 

       ceso -la audaz intervención de los hijos de María, la de

 

       52

 

       «las palornas, que «no podía traer nada bueno». No

 

       se equivocaban.

 

       Y casi sin percatarme del rumbo tomado por David,

 

       fuimos a desembocar frente a la familiar fachada sin

 

       ventanas del hogar de la Señora. Y el instinto, en guar-

 

       dia, me previno. ¿Qué me reservaba aún aquel atarde-

 

       cer? ¿Debía entrar? ¿Cómo reaccionaria el refractario

 

       Zebedeo? ¿Habría olvidado su hostilidad hacia mí?

 

       Por un momento, mientras el anciano golpeaba con

 

       timidez la menguada puerta, pasó por mi cabeza la idea

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       de dar media vuelta y despedirme allí mismo del leal

 

       sirviente. Faltaba hora y media para el ocaso. Más que

 

       suficiente para ganar la aldea de Caná. Mis objetivos en

 

       Nazaret estaban cumplidos. La información sobre la mal

 

       llamada «vida oculta» del Maestro, al menos en lo sus-

 

       tancial, obraba ya en mi poder. El regreso al yam y al

 

       añorado módulo no podía posponerse. Era necesario,

 

       además, que estuviera presente en la posible nueva apa-

 

       rición del Resucitado, anunciada para la próxima jorna-

 

       da del sábado, 29 de abril. Por otra parte, mi resentido

 

       ánimo no habría soportado un cataclismo como el que

 

       acababa de padecer. No obstante, a pesar de estos sóli-

 

       dos razonamientos, la triste realidad de la pérdida de la

 

       bolsa de hule me fue frenando. Tenía que localizarla.

 

       Pero el súbito impulso duraría poco. Una voz, al otro

 

       lado de la madera, echó por tierra las endebles inten-

 

       ciones.

 

       Y a respuesta de David, el paso fue franqueado. El sir-

 

       viente, ajeno a mis reflexiones, descalzándose, penetró

 

       en la penumbra, dando por hecho que le seguía. Sin em-

 

       bargo, dudé. Y fue el gesto de Santiago, haciendo señas

 

       para que apremiara, lo que terminó rindiéndome.

 

       Y al salvar el alto peldaño me vi enfrentado a un

 

       nuevo «manicomio».

 

       La familia, casi al completo, en pie alrededor de la

 

       mesa de piedra, se hallaba embarcada en una de aque-

 

       llas ya habituales trifulcas, en la que todos gritaban a

 

       un tiempo, pisándose argumentos e improperios. Una

 

       lámpara de aceite en el centro de la rueda de molino

 

       que hacía de mesa asistía asustada, agitándose a cada ir

 

       53

 

       1

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       y venir de los gesticulantes hermanos. Faltaban Rebeca

 

       y Esta, la esposa de Santiago.

 

       Paseé la vista, buscando a María, la Señora. Y la ha-

 

       llé a mi izquierda (sigo tomando como referencia la

 

       puerta de acceso a la vivienda), en la plataforma eleva-

 

       da que servía de cocina y dormitorio, acumucada junto

 

       al fogón. Era la única que no discutía. Otra lucerna, a

 

       sus pies, clareaba los altos pómulos y los negros y sedo-

 

       sos cabellos recogidos en la nuca. Tenía los ojos fijos en

 

       la contienda. Parecía asustada.

 

       Y al verme, incorporándose con dificultad, trató de

 

       caminar hacia los escalones que aliviaban el descenso

 

       hacia la estancia en la que me encontraba. Pero su ro-

 

       dilla derecha se resintió, haciéndola tambalear. Me

 

       apresuré a salir a su encuentro, asistiéndola.

 

       _jiasón!…

 

       Aquel tierno abrazo y el bellísimo verde hierba de

 

       sus almendrados ojos me hicieron olvidar disgustos y

 

       desatinos.

 

       -¿Estás bien?… ¿Qué ha ocurTido?… ¿Qué tienes ahí?

 

       Era la primera persona, con excepción de David, que

 

       se interesaba por el estado de este maltrecho explo-

 

       rador. Y también fue ésta la primera ocasión en la que

 

       -gracias a la compasiva Señora- pude aliviar el he-

 

       matoma subcutáneo que deformaba mi frente y que

 

       había llamado su atención. Envuelto en aquel caos, ape-

 

       nas si tuve oportunidad de explorarme y conocer el ver-

 

       dadero alcance del tr-aumatismo. Me sentía bien -lige-

 

       ramente dolorido, es cierto-, pero, ante la insistencia

 

       de la obstinada mujer, acepté sus cuidados.

 

       Se dirigió al arcón y regresó al instante con un espe-

 

       jo y un largo lienzo.

 

       -Observa -ordenó-. Eso no tiene buen aspecto…

 

       Tomé el bronce bruñido, encarándome con el peque-

 

       ño y redondo espejo. La Señora, aproximando la lampa-

 

       rilla de aceite, aguardó mi parecer.

 

       Los gritos arreciaban y, deseoso de averiguar cuanto

 

       antes la razón o razones de tan penoso espectáculo,

 

       abrevié el examen. A pesar de la pérdida del conoci-

 

       miento, el golpe no parecía encerTar mayores complica-

 

       1

 

       54

 

       ciones. Las pupilas -sin asomo de midriasis (dilatación)

 

       bilateral o unilateral arreactiva- aparecían normales.

 

       Cualquier alteración en este sentido me habría alertado

 

       sobre algún grave sufrimiento del tronco cerebral o la

 

       presencia de un no menos delicado hematoma intracra-

 

       neal, respectivamente.

 

       Revisé el resto del cráneo, sin hallar otra cosa que le-

 

       ves escoriaciones, consecuencia de los múltiples encon-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       tronazos con las paredes de la cisterna. El pulso era

 

       normal. La intensa cefalea inicial había ido remitiendo

 

       y tampoco recordaba haber experimentado náuseas, vó-

 

       mitos o una actividad convulsiva que avisaran de un in-

 

       cremento de la presión intracraneal. Sinceramente, a

 

       pesar de los pesares, podía considerarme un hombre

 

       afortunado. Y de haber contado en esos momentos con

 

       la farmacia «de campaña», la administración de una

 

       simple dosis de paracetamol hubiera ido eliminando el

 

       dolor de cabeza y las molestias generales.

 

       Pero la Señora, a su manera, compensaría con creces

 

       esta y otras carencias.

 

       _¿Y bien?…

 

       Sonreí y, guiñándole un ojo, bromeé:

 

       -Tu «ángel» sigue siendo el más guapo…

 

       María me arrebató el espejo de un manotazo y, con-

 

       fortada por aquel griego, inasequible al desaliento, esbo-

 

       zó una sonrisa que la transfiguró. La blanca y equili-

 

       brada dentadura asomó fugaz y, fingiendo una dureza

 

       inexistente, señaló el piso de la plataforma, ordenando

 

       que me arrodillara. Obedecí simulando sumisión. Y re-

 

       funfuñando depositó un denario de plata bañado en

 

       vinagre sobre el hematoma, sujetándolo con el largo

 

       ,lienzo.

 

       1 -Ahora sí que estás guapo -replicó, devolviéndome

 

       guiño.

 

       Y de esta guisa, con la frente cubierta por el paño,

 

       rné a la escena principal. La Señora, remontado el

 

       ¡al abatimiento, se aproximó a los cuatro escalones

 

       colocándose en jarras, contempló brevemente un al-

 

       to que no parecía tener fin. Me eché a temblar.

 

       sabía del temperamento de hierTo de la madre del

 

       55

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Galileo y de sus imprevisibles reacciones. David, aco-

 

       bardado, continuaba junto a la puerta, tieso como un

 

       árbol y con los ojos fijos en Jacobo, que momentánea-

 

       mente vociferaba por encima de los demás. En el ángu-

 

       lo derecho, reclinado contra las ánforas, descubrí al fin

 

       al Zebedeo. Conservaba aquella mirada extraviada. Evi-

 

       dentemente, aunque asistía al conflicto, no parecía ver

 

       ni escuchar.

 

       _iNo permitiré que mamá María huya de su casa y

 

       de su tierra!…

 

       Y milagrosamente el albañil acompañó aquella últi-

 

       ma frase con un gesto de su mano izquierda, marcando

 

       la dirección de la plataforma. Y digo « milagrosamente »

 

       porque, al detectar la figura de su suegra, repuesta y a

 

       punto de estallar, el apasionado galileo se deshinchó al

 

       instante. Y la brusca interrupción y el atemorizado sem-

 

       blante de Jacobo -con la mirada enganchada en aquel

 

       mal sujeto vendaval que se avecinaba- no pasaron

 

       inadvertidos. Los gritos, maldiciones y sarcasmos cesa-

 

       ron como por encanto. Y el grupo, al unísono, perci-

 

       biendo la borrasca, bajó la cabeza.

 

       María, arTuinando mis previsiones, se limitó a pa-

 

       sear su justa indignación ante todas y cada una de las

 

       caras. Y sin mediar palabra alargó el brazo, indicando

 

       que la ayudara a descender.

 

       Y en un elocuente silencio, con el reproche colgado

 

       de la mirada, cruzó entre los pasmados Santiago, Mi-

 

       riam, Ruth y Jacobo.

 

       Y quien esto escribe, sin saber dónde esconderse,

 

       continuó a su lado, sintiendo en la muñeca izquierda la

 

       presión de los largos y encallecidos dedos. Una presión

 

       que delataba toda su angustia.

 

       Pero la Señora sabía muy bien lo que hacía. Y apro-

 

       ximándose al decaído discípulo -sin una sola palabra-

 

       vino a reprobar la improcedente conducta de los suyos.

 

       Enzarzados en la discusión, olvidaron toda prioridad y

 

       hasta el más elemental sentido de la hospitalidad.

 

       Los hijos lo comprendieron al instante y, discreta y

 

       prudentemente, fueron rodeando a la madre. Pero nadie

 

       se pronunció.

 

       56

 

       l~

 

       La Señora, inclinada sobre el inexpresivo Juan, re-

 

       clamó una lucer-na. Ruth, presurosa, le tendió la lámpa-

 

       ra que iluminaba la mesa de piedra.

 

       Me situé junto a María y, dejando el cayado sobre

 

       una de las esteras de paja que alfombraban el piso, pasé

 

       revista al dócil Zebedeo.

 

       El pulso, algo lento, me preocupó. La piel, pálida y

 

       Ha, había perdido elasticidad. No descubri, sin embar-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       go, rastro alguno de heridas o contusiones. Sólo unas

 

       leves magulladuras en muñecas y tobillos, que atribuí al

 

       prolongado roce de las ligaduras.

 

       .Qué opinas?

 

       -e

 

       No pude responder de inmediato a la pregunta de la

 

       mujer.

 

       Pegué el oído al pecho del discípulo, pero, al margen

 

       de la ya referida bradicardia o anormal lentitud del pul-

 

       so, las presiones cardiacas parecían corTectas. Tampoco

 

       la frecuencia respiratoria me llamó la atención.

 

       Me hice con la lucerna, paseando la llama frente a los

 

       vidriosos ojos. Y tímidamente, con cierla apatía, las pu-

 

       pilas reaccionaron, escoltando el pausado movimiento.

 

       Traté de entender. Si las informaciones eran correc-

 

       tas, el joven había sido capturado en la mañana del mar-

 

       tes, 25, siendo sepultado de inmediato. Su rescate, en la

 

       tarde de aquel jueves, 27, le colocaba en un evidente es-

 

       tado de inanición, aunque en un grado primario y, afor-

 

       tunadamente, sin daño para los sistemas principales. De

 

       aquello, quizá lo más aparatoso era el fuerte shock

 

       emocional. Algo que yo mismo padecí y por razones

 

       muy similares.

 

       ;~s– Y persuadido de la escasa trascendencia del proble-

 

       *na -una desnutrición secundaria, mucho más grave,

 

       ¡De hubiera impedido actuar-, tras explicar a la Señora

 

       posible origen del mal, le recomendé que intentara

 

       *marle con unas progresivas y reducidas raciones de

 

       -entos de fácil digestión. A ser posible, en un primer

 

       ne

 

       ento, a base de leche, aceite y miel. Y todo ello, na-

 

       mente, acompañado de un forzoso descanso.

 

       Ruth y Miriam, a una señal de la madre, pusieron

 

       os a la obra, alejándose hacia la plataforma.

 

       57

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       ~ i

 

       Y María, acariciando el rostro del Zebedeo, trató de

 

       animarle, recordándole que «todo había pasado» y que

 

       «muy pronto estaría de regreso en Saidan».

 

       Y llevando el dedo índice izquierdo a los labios acon-

 

       sejó silencio.

 

       Nos retiramos hacia la mesa de piedra, al tiempo que

 

       las mujeres retornaban con la primera ración. Y pacien-

 

       ternente, como si de su hijo se tratara, la Señor—a, soste-

 

       niendo la cabeza de Juan con la mano derecha, fue ver-

 

       tiendo el espeso contenido del cuenco de madera en los

 

       temblorosos labios del discípulo. Y dulcemente, con un

 

       amor que me cautivó, permaneció junto a él hasta que

 

       hubo apurado la última gota. Y el Zebedeo, lanzando un

 

       profundo suspiro, cerró los ojos, asintiendo suavemente

 

       con la cabeza. Y la mujer, feliz ante aquella inequívoca

 

       y positiva manifestación, me trasladó su alegría con un

 

       espontáneo comentario que, lógicamente, sólo yo alcan-

 

       cé a comprender en toda su dimensión:

 

       -¡Sí, Jasón, el más guapo!

 

       Aunque pudiera parecer lo contrario, la Señora

 

       olvidó las motivaciones que arTastraron a sus hijos a la

 

       cruda polémica. Y ante el suspense general pidió que to-

 

       máramos asiento en torno a la muela.

 

       Ruth, la «ardilla», lo hizo junto a su madre. Y en un

 

       gesto que vino a expresar y resumir el sentimiento del

 

       resto, descansó la cabeza sobre el hombro de María, bus-

 

       cando y atrapando entre las suyas las manos de la Seño-

 

       ra. Y las acarició y apretó en silencio, con los ojos bajos.

 

       Y el peso de mi complacida mirada debió de llegar hasta

 

       su transparente cutis porque, al punto, descubriendo los

 

       ojos verdes, me observó y, ruborizándose, borró par-te de

 

       la constelación de pecas que la adornaba.

 

       María, refugiándose nuevamente en aquel tono gra-

 

       ve que no admitía desviaciones, solicitó que sus hijos,

 

       uno tr-as otro y sin intromisiones, repasaran la situación,

 

       proporcionando una sincera y templada opinión sobre

 

       lo que convenía hacer. Pero nadie respondió. Y ante el

 

       embarazoso mutismo, comprendiendo, David y yo hici-

 

       mos ademán de levantarnos y abandonar el lugar. La

 

       Señora, sin embargo, cortó en seco la discreta medida.

 

       58

 

       Tanto el anciano David como quien esto escribe -ma-

 

       nifestó por derecho- nos hallábamos comprometidos

 

       en el mismo conflicto. Más aún: habíamos sufrido por

 

       causa de la familia y eso -gustase o no- nos convertía

 

       en parte del clan.

 

       Agradecimos su sinceridad y retornamos a nuestros

 

       respectivos puestos. El sirviente, algo más atrás, junto a

 

       la puerta, y servidor, a la derecha de la Señora, con su

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       hija Miriam a mi diestra.

 

       Santiago, acomodado entre Ruth y su cuñado, el al-

 

       bañil, rompió al fin el incómodo silencio. Y sereno, re-

 

       corriendo los expectantes semblantes con aquellos ojos

 

       acastañados, profundos y sin doblez, trazó en el aire y

 

       en los corazones las líneas esenciales del problema:

 

       -Como sabéis, hoy jueves, en su reunión habitual, el

 

       tribunal de Séforis ha desestimado la demanda de ese

 

       mal nacido…

 

       María, tensando el rostro, sin una sola palabra, le re-

 

       criminó.

 

       -Según las noticias procedentes del pequeño sane-

 

       drin -prosiguió el galileo dulcificando sus expresio-

 

       nes-, el texto de la denuncia presentada por el jefe del

 

       consejo local no contiene indicio de blasfemia.

 

       Y haciendo gala de su excelente memoria simplificó

 

       mis esfuerzos -y supongo que los de la mayoría- por

 

       rememorar las frases que él mismo pronunciara en la

 

       mañana del pasado martes ante Ismael y el nutrido gru-

 

       po de vecinos:

 

       -«¿0 es que te atreves a negarlo?… Dinos: ¿recono-

 

       ces en Jesús al Hijo del Dios vivo?»

 

       Jacobo, el único testigo, junto a este explorador, de

 

       la manifestación que, en efecto, desencadenaría el terre-

 

       moto, asintió con la cabeza, palideciendo.

 

       -«Tú lo has dicho. Le reconozco como tal.»

 

       Nuevo y espeso silencio.

 

       -Pues bien -avanzó Santiago, elevando el tono y

 

       dejando al desnudo una indudable satisfacción-, tal y

 

       pla la Ley, los jueces han tenido que ren-

 

       ~1.-COMO contem

 

       -dirse a la evidencia: no hay blasfemia.

 

       59

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Ruth, menos impuesta en los retorcidos subterfugios

 

       de los intérpretes de la Ley, solicitó una aclaración.

 

       Era muy simple. Y su hermano, condescendiente, le

 

       recordó primero uno de los pasajes del Levítico (24, 10

 

       y siguientes), en el que se cuenta cómo, por orden de

 

       Yavé, se lapidó al hijo de una israelita «por haber blas-

 

       femado el Nombre» (1).

 

       La «pequeña ardilla» seguía sin entender. Y Santia-

 

       go, saltando a las interpretaciones de los juristas, le ad-

 

       virtió -y nos advirtió- de un punto clave, toda una

 

       sutileza, recogido y respetado por la más antigua tradi-

 

       ción oral. De acuerdo con esa normativa legal, «el blas-

 

       femo no es culpable en tanto no mencione explícita-

 

       mente el Nombre». Es decir, en tanto en cuanto no

 

       pronuncie el nombre de Dios de forma clara y preci-

 

       sa. (Así aparece, en efecto, en la Misriá: orden cuarto,

 

       capítulo VII, 5, y en los textos de este mismo tratado

 

       Yom 3 8; 6, 2 y Sot 7, 6.)

 

       Santiago, conocedor de la artimaña, había respondi-

 

       do con verdad al saduceo, pero sin caer en la trampa. La

 

       historia, como creo haber mencionado, volvía a repetir-

 

       se. Jesús de Nazaret, interrogado en idénticos términos

 

       por Caifás, el sumo sacerdote, replicó con las mismas

 

       palabras e inteligencia. El primero, sin embargo, tuvo la

 

       fortuna de contar con un tribunal lo suficientemente ho-

 

       nesto e imparcial.

 

       -Y a pesar de las protestas y alegaciones de Ismael

 

       —ConcluyóSantiago con alivio-, los jueces, sabedores

 

       (1) El pasaje en cuestión dice así: «Había salido con los israeli-

 

       tas (de Egipto) el hijo de una mujer israelita y de padre egipcio.

 

       Cuando el hijo de la israelita y un hombre de Israel riñeron en el

 

       campo, el hijo de la israelita blasfemó y maldijo el Nombre, por lo

 

       que le llevaron ante Moisés. Su madre se llamaba lelomit, hija de

 

       Dibrí, de la tribu de Dan. Le retuvieron en custodia hasta decidir el

 

       caso por sentencia de Yavé. Y entonces Yavé habló a Moisés y dijo:

 

       “Saca al blasfemo fuera del campamento; todos los que le oyeron

 

       pongan las manos sobre su cabeza, y que le lapide toda la comuni-

 

       dad. Y hablarás así a los israelitas: ‘Cualquier hombre que maldiga a

 

       su Dios, cargará con su pecado. Quien blasfeme el Nombre de Yavé,

 

       será muerto; toda la comunidad le lapidaná. Sea forastero o nativo, si

 

       blasfema el Nombre, morirá.-» (N. del m.)

 

       60

 

       de la vieja inquina de este individuo hacia nuestro Her-

 

       mano y nuestra casa, le han despedido, amonestándole

 

       por lo que consideran «impúdica y tendenciosa mani-

 

       pulación de los hechos».

 

       Ruth, eufórica, rompió en aplausos. Y poco faltó

 

       para que el resto -movido del mismo entusiasmo- se

 

       uniera a la espontánea pelirroja.

 

       La Señora alzó las manos, reclamando compostura.

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Y la llamita que animaba la reunión tembló bajo las

 

       abiertas palmas, advirtiendo a los presentes. La gruesa

 

       e imperativa voz de María no permitió una nueva des-

 

       bandada. Y tomando el timón de la conversación, les

 

       recordó que aquella «victoria» sólo podía acarrear dis-

 

       gustos y un clima mucho más enrarecido. Ni ella misma

 

       podía imaginar lo certero de la advertencia…

 

       Jacobo protestó, repitiendo el argumento que les lle-

 

       vó al anterior callejón sin salida:

 

       -Mamá María no dejará su casa y su pueblo… No lo

 

       permitiré.

 

       Miriam, haciendo causa común con su marido, asin-

 

       tió con la cabeza, sin atreverse a abrir los labios.

 

       Santiago, decepcionado por el retorno a la vieja e inú-

 

       til polémica, manifestó su oposición con rotundos mo-

 

       nosílabos.

 

       La pelirroja, angustiada, se limitaba a mover la ca-

 

       beza, siguiendo las dispares alternativas.

 

       . Y el criado y quien esto escribe -abrumados-, te-

 

       miendo lo peor, asistimos en silencio a lo que parecía

 

       una segunda batalla campal.

 

       Pero la Señora, endureciendo la mirada y haciendo

 

       descender la inflexión de la voz, recuperó el dominio,

 

       wallando voces y voluntades. Nunca la había visto tan

 

       “segura y dominante. Y presumí que algo importante

 

       rondaba en su corazón.

 

       -Y ahora escuchadme con atención porque no lo re-

 

       Ipetiré…

 

       Alisó con calma los negros cabellos e inspiró con an-

 

       ,siedad, como si lo que se disponía a desvelar le fuera

 

       errancado de las entrañas. Los finos labios dudaron.

 

       Entornó los párpados y, finalmente, tras una segunda y

 

       61

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       profunda inspiración, los rasgados y verdes ojos se

 

       abrieron saturados de luz.

 

       La «ardilla», con su afilada sensibilidad, captó el po-

 

       deroso esfuerzo de la madre. Y estrechando de nuevo

 

       sus manos la miró asustada.

 

       Nadie respiró.

 

       -Durante años, bien lo sabéis, no comprendí a vues-

 

       tro Hermano…

 

       El tono se quebró. Y las aletas de la pequeña y recta

 

       nariz se estremecieron. Pero sólo fue un instante. Y re-

 

       cuperando el temple, prosiguió con la vista fija en la fla-

 

       ma de la lucerna.

 

       -Me enfrenté incluso a sus aparentemente absurdas

 

       y locas ideas. No sabía de qué hablaba cuando se refe-

 

       ría a su Padre Azul… Peor aún: no quise saber ni en-

 

       tender…

 

       Dejó volar una pausa. Alzó los ojos y, derramando

 

       una seguridad que nos alcanzó a todos, confesó valien-

 

       temente:

 

       -Pues bien, ahora sí lo sé. Ahora (demasiado tarde,

 

       también lo sé) comprendo lo que repetía una y otra vez.

 

       comprendo y me avergüenzo por no haber estado de su

 

       lado…. por no hacer mía su frase favorita: «Que se haga

 

       la voluntad del Padre»…

 

       La sincera y hermosa confesión -en una mujer que

 

       sostuvo hasta el final la idea y la imagen de un Jesús «Ii-

 

       bertador político»- terminó quebrándola. Y cerrando

 

       los ojos bajó el rostro. Y las lágrimas hablaron por ella.

 

       Ruth, contagiada, asaltada por un llanto inconteni-

 

       ble, la abrazó, besando cabellos, frente, mejillas y ma-

 

       nos sin orden ni tregua.

 

       Santiago, con un nudo en la garganta, se refugió en

 

       uno de sus gestos típicos: la velluda mano izquierda co-

 

       menzó a peinar con nerviosismo la canosa y poblada

 

       barba. Y los ojos se humedecieron.

 

       Jacobo, blanco como la pared, con la boca entrea-

 

       bierta, buscando aire y fuerzas para no sucumbir a la

 

       arrolladora emoción, contemplaba incrédulo la inédita

 

       estampa de una María frágil y arrepentida y, al mismo

 

       tiempo, audaz y luminosa.

 

       62

 

       Miriam, copia casi exacta de la madre en lo físico y

 

       en lo temperamental, reaccionó como lo habria hecho

 

       la Señora si el protagonista hubiera sido cualquiera de

 

       los allí presentes: la observó con dulzura y, batiendo

 

       palmas, reclamó sosiego, recordando a la de «las; palo-

 

       mas» que aquéllos eran sus hijos y que no debía aver-

 

       gonzarse porque, sencillamente, todos se hallaban en la

 

       rnisma situación. ¿Quién podía vanagloriarse de lo con-

 

       trario? ¿Quién, de entre los familiares del Maestro, le

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       había entendido y socorrido en los años de predicación?

 

       Y la hija mayor, en su afán por reforzar los argu-

 

       rnentos, sacó a la luz algo que, obviamente, era nuevo

 

       para mí. Y refrescando la memoria colectiva se refirió

 

       -éstas fueron sus palabras- a la «ruptura que dejó ais-

 

       lado a Jesús en los primeros días de su vida pública».

 

       -¿No recordáis sus lágrimas? -remachó con frial-

 

       dad- ¿Habéis olvidado quizá sus continuos esfuerzos

 

       por hacernos ver cuál era su misión? Y sin embargo

 

       ¿qué hicimos?

 

       María, secando el llanto y la pasajera debilidad, se

 

       incorporó al discurso de Miriam, agradeciendo con una

 

       temblorosa sonrisa el amor, comprensión y respeto de

 

       los suyos. Y dejó que la hija concluyera lo que todos sa-

 

       bían:

 

       -Le volvimos la espalda. Peor aún: murmuramos

 

       contra Él, creyéndole loco…

 

       Me removí inquieto en mi interior. ¿De qué estaba

 

       blando? Ninguno de los evangelistas hace alusión al

 

       ,rechazo de su propia familia. No, al menos, con la cla-

 

       ridad de Miriam. ¿De qué me asombraba? ¿Es que no

 

       había constatado ya la dolorosa ineptitud de los mal lla-

 

       inados escritores sagrados? Y en esos momentos implo-

 

       ré a la Gran Inteligencia que nos permitiera continuar

 

       F-h_a

 

       con nuestros planes. Ardía en deseos de consumar el

 

       tercer «salto» y verificar por mí mismo lo que realmen-

 

       ,le sucedió en aquella, al parecer, igualmente manipula-

 

       etapa de la existencia del Hijo del Hombre. Y tuve

 

       e sujetar mis impulsos. No preguntaría. Esta vez no.

 

       efería descubrirlo personalmente … 1 en su momento.

 

       Está bien -terció al fin la Señora con la voz en

 

       63

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       reposo-, lo que trato de deciros es que, a partir de aho-

 

       ra, haré honor a lo que defendió vuestro Hermano. Si es

 

       la voluntad del Padre -el tono se enriqueció con aque-

 

       lla prodigiosa seguridad- me quedaré.

 

       Y extendiendo su dedo índice izquierdo, apuntando

 

       al grupo, dibujó un círculo en el aire, cerrando la sen-

 

       tencia sin paliativos:

 

       -Nos quedaremos en Nazaret. Si no lo es, Él se ocu-

 

       pará de mostrarnos el camino…

 

       ¿La voluntad del Padre? ¿Y cómo descifrar algo tan

 

       abstracto y aparentemente alejado de la percepción hu-

 

       mana? Las respuestas a las lógicas interrogantes de este

 

       perplejo explorador irían llegando poco a poco. Sobre

 

       todo, a lo largo de la inolvidable peripecia en el tercer y

 

       próximo «salto» en el tiempo. Pero debo contenerme…

 

       Y se obró el milagro. El contundente lenguaje de la

 

       Señora, amparado por un convencimiento que, sin duda,

 

       yacía dormido en su corazón, tuvo una respuesta uná-

 

       nime e inmediata. Nadie torció el gesto o insinuó si-

 

       quiera la más leve oposición. Y aceptando que estaban

 

       ante la fórmula que habría agradado al desaparecido

 

       Hermano, adoptaron la resolución de esperar y ver en

 

       qué desembocaba aquel clima hostil que respiraba par-

 

       te de la aldea.

 

       En mi opinión es triste e injusto que los evangelistas

 

       -y Juan Zebedeo se hallaba presente- no dedicaran

 

       una sola línea a los hechos y circunstancias que rodea-

 

       ron a la familia tras la crucifixión y que reflejaban una

 

       situación tan comprometida como patética. A no ser,

 

       claro está, que la disminuida e histérica imagen del Ze-

 

       bedeo en aquellos momentos influyera -por razones de

 

       conveniencia- en el silencio general. Sea como fuere,

 

       lo cierto -una vez más- es que los que se consideran

 

       creyentes resultarían estafados.

 

       Y la Señora, recompuesto el ánimo, descendió al in-

 

       mediato y no menos tenso presente, exponiendo en pri-

 

       mer lugar la urgente necesidad de que Santiago volviera

 

       con los suyos, informándoles y tranquilizándoles. Esta

 

       -su mujer- y Rebeca no estaban al tanto de los últi-

 

       mos sucesos.

 

       64

 

       El galileo, en un primer momento, se resistió. Pero

 

       Maria, señalando con los ojos el entramado de las grue-

 

       sas y «calafateadas» vigas de sicómoro que sujetaban la

 

       techumbre, ayudándose con una pícara sonrisa, le rogó

 

       que no olvidara su todavía caliente compromiso:

 

       -Él nos protegerá…

 

       Y al comprender el significado de aquella mirada

 

       -más allá de la hojarasca y tierra apisonada que con-

 

       formaban el terrado-, la totalidad de los allí congrega-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       dos, con los ojos pendientes, como tontos, del madera-

 

       men, se apresuró a enmendar el error. Las miradas se

 

       cruzaron ruborizadas, y la Señora, con una oportuna y

 

       franca carcajada, borró los últimos rescoldos de recelo.

 

       Santiago accedió. Se puso en pie y, antes de abando-

 

       nar la casa, hizo jurar a su cuñado que, al menor sínto-

 

       ma de violencia, correría a avisarle. Después, posando

 

       los ojos en los de este explorador, sin necesidad de pa-

 

       labras, me transmitió que la seguridad de su gente tam-

 

       bién era cosa mía. Agradecí la confianza, replicando

 

       con un casi imperceptible y afirmativo movimiento de

 

       cabeza. Sonrió y, decidido, se dispuso a desatrancar la

 

       puerta. Pero, al reparar en la silenciosa y cohibida lámi-

 

       na de David, cayendo en la cuenta de las inciertas cir-

 

       -cunstancias a las que se enfrentaba el esclavo huido,

 

       giró en redondo, interrogando a su madre.

 

       María no dudó. Sabía que la Ley asistía al esclavo

 

       prófugo (1) y que, incluso, podría haber denunciado al

 

       amo por atentar contra su vida. E interpretando el sen-

 

       & del noble sirviente, tranquilizó a Santiago, añadien-

 

       do que, si ése era el deseo del anciano, contaba con la

 

       hospitalidad y el socorro de la familia.

 

       -4 - David, en efecto, respaldó la intuición y la bondad

 

       (1) En el apasionante capítulo de la esclavitud entre los judíos

 

       -al que espero dedicar mi atención en un futuro-, al contrario de

 

       que sucedía con los romanos, si un siervo llegaba a escapar no po-

 

       ser devuelto a su señor. La Ley así lo dictaminaba, amparándose

 

       el Deuteronomio (XXIII, 16): «No entregarás a su amo al esclavo

 

       se haya acogido a ti huyendo de él. Se quedará contigo, entre los

 

       en el lugar que escoja en una de tus ciudades, donde le parez-

 

       ~ibien; no le molestarás.» (N. del m.)

 

       65

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       de la dueña. Por nada del mundo hubiera regresado a

 

       aquella guarida. Y agradecido se arrojó a los pies de la

 

       Señora, besando sus’manos.

 

       María, confundida, le regañó, ordenando con severi-

 

       dad que se alzara. Y el anciano, con pronunciadas y

 

       continuas reverencias, trasladando así su gratitud a los

 

       presentes, fue a retirarse junto a la puerta. Apenas si le

 

       oí hablar el resto de la jornada. Una jornada, por cierto,

 

       que tocaba a su fin. El ocaso merodeaba ya por la aldea

 

       y la familia -más distendida- fue a ocuparse de los 1

 

       preparativos de la cena.

 

       Miriam, con buen criterio, ahorrando nuevos e inne-

 

       t1v

 

       cesarios trabajos a su madre, asumió la inicia 1 a. La

 

       dolorida rodilla no hacía aconsejable que trajinara en el

 

       piso elevado de la estancia.

 

       Ruth, por consejo de su hermana mayor, continuó al

 

       lado de la Señora.

 

       El Zebedeo, profundamente dormido, seguía ajeno a

 

       todo.

 

       Y de pronto, la arrolladora Miriam, con los ojos en-

 

       cendidos, inter-peló a su distraído marido, conminándole

 

       a «mover el trasero si deseaba participar en la cena». Ja-

 

       cobo, dócil como un cordero, conociendo el tempestuo-

 

       so carácter de la mujer, se dispuso a acatar las órdenes.

 

       Pero un súbito y seco trueno nos sobresaltó. Y un fuerte

 

       aguacero repiqueteó sobre el quebradizo tejado, maltre-

 

       cho ya por las copiosas lluvias anteriores.

 

       Fue casi instantáneo. El agua se abrió camino entre

 

       la hojarasca y el barro del terrado, precipitándose con

 

       certera puntería sobre la rubia cabellera del albañil.

 

       Y la casualidad provocó la indignación del hombre,

 

       quien, maldiciendo su estrella, aprovechó para invocar

 

       un viejo refrán contenido en el libro de los Proverbios

 

       (27, 15), arremetiendo de paso contra la mordaz Miriam:

 

       -La gotera continua en día de chaparrón y la mujer

 

       pendenciera hacen pareja…

 

       La esposa, como era de prever, no atrancó. Y regre-

 

       sando sobre sus pasos, hizo presa en el bigote del des-

 

       prevenido Jacobo, tirando de él hacia los escalones de

 

       66

 

       acceso a la plataforma y entonando triunfante otro di-

 

       cho popular, igualmente extraído de Proverbios (26, 5):

 

       -Responde al necio según su necedad, no sea que

 

       vaya a creerse sabio.

 

       El ayear y las protestas no conmovieron a la esposa.

 

       Y el venial incidente nos relajó, dando rienda suelta al

 

       regocijo general.

 

       Las risas, sin embargo, terminaron bruscamente. Y

 

       quien esto escribe fue partícipe de un suplicio al que no

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       tendría más remedio que ir acostumbrándose.

 

       El diluvio pasó factura. Y un alarmante chorreo se

 

       propagó aquí y allá, transformando la apacible vivienda

 

       en un atolondrado ir y venir de unos y otras, en un más

 

       que incierto empeño por controlar las obstinadas gote-

 

       ras. Vasijas, platos, cántaros y copas fueron repartidos

 

       en todas direcciones hasta que, rendido, el jadeante gru-

 

       po optó por sentarse de nuevo, esquivando con más

 

       pena que gloria cada nuevo e irritante goterón. Aquella

 

       > tragicómica situación -en especial durante la época

 

       de lluvias (entre octubre y abril, aproximadamente)-

 

       constituía el pan nuestro de cada día para los habitan-

 

       tes de la mayor parte de las achacosas aldeas de Israel.

 

       Y por espacio de casi una hora, mientras la borrasca

 

       descargó sobre Nazaret, cena y conversación fueron

 

       bTemediablemente «animadas» por el repiqueteo del

 

       agua sobre la arcilla y el metal. Al principio -lo reco-

 

       nozco- no podía dar crédito a la resignada actitud de

 

       mús amigos. Pero, como digo, aquello formaba parte de

 

       cotidiano y no restó apetito ni espontaneidad a los

 

       *alileos.

 

       Removí la humeante sopa con curiosidad. Miriam, a

 

       de las circunstancias, se había esmerado: guisan-

 

       calabaza sin pepitas, una especie de lechuga repo-

 

       y cortada en tiritas, dientes de ajo macerados,

 

       n(

 

       Jla en rodajas y la sabrosa parte blanca de unos

 

       es puerTos.

 

       M7e sentí feliz. Y ante la complacida mirada de mis

 

       gos, elogié la buena mano de la cocinera.

 

       El segundo plato no le fue a la za a: croquetas de

 

       - 9

 

       do rebozadas en nueces tostadas y picadas. Aque-

 

       67

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       llas bolitas, fritas en aceite profundo, casi me hicieron

 

       olvidar dónde estaba.

 

       Pero el brusco despertar del Zebedeo me devolvió a

 

       la cruda realidad.

 

       Ruth y la Señora, sorteando goteras, se apresuraron

 

       a asistirle. El discípulo parecía notablemente repuesto.

 

       Los vi conversar en voz baja, aunque no acerté a desci-

 

       frar el contenido del breve parlamento. De vez en cuan-

 

       do, eso sí, la «pequeña ardilla» -la única que no abrió

 

       los labios- me buscaba en la penumbra, clavando sus

 

       ojos en los míos. Presentí que Juan, al descubrirme jun-

 

       to a la mesa de piedra, volvía a las andadas y protesta-

 

       ba -supongo- por la presencia de aquel traidor en la

 

       casa familiar. María le susurró algo al oído y la mirada

 

       del Zebedeo -ahora viva y despierta- fue a clavarse en

 

       la de este incómodo explorador. Creí percibir cierta in-

 

       credulidad, despuntando entre el viejo rencor. No había

 

       duda. Su actitud hacia aquel griego que se negó a auxi-

 

       liar a su amigo Natanael seguía tan enconada como an-

 

       tes. Quizá más. Y me resigné, prometiéndome a mí mis-

 

       mo que procuraría mantenerme alejado del inestable

 

       discípulo.

 

       La Señora sonrió. Golpeó la mejilla del joven con un

 

       par de cariñosas palmaditas y Juan volvió a cerrar los

 

       párpados. Instantes después, Ruth, por indicación de la

 

       madre, se encaminaba al fogón, calentando una nueva

 

       ración de leche, aceite y miel.

 

       El ambiente, sin embargo, no se resintió. Jacobo y

 

       David empezaban a cabecear, vencidos por el cansancio.

 

       Y en cuestión de minutos -sin demasiada resistencia-

 

       cayeron en un benéfico y beatífico sueño. Y quien esto

 

       escribe, sin saber qué partido tomar, aguardó impacien-

 

       temente el regreso de la Señora. Prometí a Santiago ve-

 

       lar por la seguridad de su gente, pero ¿cómo hacerlo?

 

       Y sobre todo, ¿cómo mantenenne alerta si -como pre-

 

       sumía- aquel insobornable sopor que me invadía conti-

 

       nuaba su avante?

 

       Todo fue más sencillo.

 

       María, al contemplar al anciano y a su yerno, se hizo

 

       cargo. Y de puntillas, cojeando, fue a inclinarse sobre

 

       68

 

       este explorador, besándole en el lienzo que cubría su

 

       frente.

 

       -Descansa, mi querido ángel. Demos a cada día su

 

       afán, . -

 

       Aquella última frase me resultó familiar. ¿Dónde la

 

       había escuchado? ,

 

       Y la mujer, haciendo una señal a sus hijas, tras ali-

 

       mentar la lucerna con una carga extra de aceite, se re-

 

       tiró a la plataforma. Allí, prendida una segunda lámpa-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       ra, las vi tomar los edredones que servían de cama y

 

       extenderlos sobre el piso. Acto seguido, en pie, entona-

 

       ron el Oye, Israel, una de las obligadas plegarias, aco-

 

       modándose después con los pies en dirección a las as-

 

       cuas que agonizaban en el pequeño fogón de ladrillo

 

       refractario.

 

       Y se hizo el silencio, apenas incomodado por alguna

 

       de las rezagadas goteras y el distante y apagado tronar

 

       de los cumulonimbos, rumbo al Jordán.

 

       Eché un vistazo a mi alrededor. Jacobo, acodado so-

 

       bre la muela, dormía con una rítmica y saludable respi-

 

       ración. El criado, junto al alto escalón de la entrada, he-

 

       cho un ovillo, conservaba la misma postura inicial.

 

       — Y no sé exactamente por qué, me sentí intranquilo.

 

       Aparentemente no había motivo. En el exterior sólo se

 

       lpercibía quietud, rasgada en ocasiones por los lastime-

 

       -ms maullidos de los gatos en celo.

 

       Atribuí la incómoda sensación a la soledad, que una

 

       más me acompañaba. En momentos como aquél, le-

 

       de mi hermano, me veía asaltado y arrinconado por

 

       singular tristeza que, sinceramente, me costaba

 

       hatin A pesar de la intensidad y dureza de la misión

 

       i sin tregua ni respiro-, quien esto escribe, y no

 

       mos Eliseo, tuvo que soportar comprometidos pe-

 

       d

 

       cn”

 

       Ap.

 

       r

 

       l0

 

       os de obligada espera e inactividad en los que la

 

       moria de nuestro verdadero «presente» (el siglo xx)

 

       fundía con el «ahora» histórico del siglo i, provocan-

 

       un caos mental de difícil arreglo.

 

       r

 

       Y buscando sacudir aquella amenaza y el sueño que

 

       peaba ya mi organismo, opté por incorporarme. Un

 

       de movimiento me despejaría.

 

       69

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Atrapé la lucerna que montaba guardia desde la mesa

 

       de piedra y, extremando el sigilo, me dirigí a la puerta

 

       sin hoja del abandonado taller en el que el joven Maes-

 

       tro trabajó como carpintero.

 

       La pálida y mínima luz animó con dificultad la es-

 

       trechez del cuartucho. Y volví a emocionarme ante el

 

       banco de ochenta centímetros de altura con los pies en

 

       «v» invertida. Dejé resbalar las puntas de los dedos so-

 

       bre el cepillo de doble asa y, durante unos instantes,

 

       permanecí absorto, recreándome en la imagen de un

 

       Jesús alegre y sudoroso, cepillando y hablando con la

 

       madera.

 

       Todo seguía igual. Las herramientas, empolvadas, col-

 

       gaban de los tabiques. Las telarañas redondeaban es-

 

       quinas y por los rincones descansaban mangos para

 

       azadas, mayales para caballerías y trilla y sencillos y li-

 

       vianos arados, todo a medio terminar.

 

       Y el suelo, alfombrado de serrín y rizadas virutas,

 

       crujió amable bajo las sandalias. Retiré el tronco que

 

       apuntalaba la puerta y, tirando con suavidad de la hoja

 

       que comunicaba con el corral, me asomé tímidamente a

 

       la noche.

 

       El frescor y un penetrante aroma a tierra mojada me

 

       despabilaron momentáneamente.

 

       El frente borrascoso había huido, abandonando en el

 

       negro y transparente firmamento un reguero de estre-

 

       llas que tiritaban rabiosas. Venus y Júpiter, muy próxi-

 

       mos entre sí -casi en conjunción-, destellaban como

 

       faros a veinte o veintidós grados sobre el horizonte este.

 

       Fue como un presentimiento. Corno si los enfureci-

 

       dos «lamparazos» del planeta Venus -el astro más bri-

 

       llante aquella noche- quisieran advertirme. Pero ¿cómo

 

       imaginar lo que iba a ocurrir?

 

       La oscuridad gobernaba el lugar. A mi izquierda, n

 

       el muro del fondo, zureaban inquietas las palomas so-

 

       brevivientes. Pero tampoco supe «leer» la advertencia.

 

       Y temiendo tropezar con los múltiples enseres y

 

       cachivaches que se apílaban en el desordenado patio,

 

       decidí suspender el paseo y regresar a la silenciosa y pa-

 

       cífica sala principal.

 

       70

 

       Devolví la lámpara a la rugosa superficie de la mue-

 

       la y, lentamente, fui a recostarme en la pared de la fa-

 

       chada, a un paso del rendido sirviente.

 

       Las goteras habían cesado. Y por espacio de algunos

 

       minutos -muy pocos-, aquella especie de «aviso» si-

 

       guió tronando en mi interior. Pero no supe o no pude

 

       traducirlo. El agotamiento me desarmó literalmente y

 

       quien esto escribe claudicó.

 

       Es muy posible que nos halláramos todavía en la se-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       gunda vigilia (la de medianoche) -aquella en la que,

 

       como reza el Salmo 130, «el centinela aspira al alba»-

 

       cuando, lamentablemente para todos, el sueño me des-

 

       conectó de la realidad.

 

       r

 

       71

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       28 DE ABRIL, VIERNES (AÑO 30)

 

       Alguien me zarandeó con violencia.

 

       -¡Señor!…

 

       Pero un humo blanco y espeso no me permitió dis-

 

       tinguir con claridad al individuo que acababa de arTan-

 

       carme del profundo sueño.

 

       -¡Señor!…

 

       Y entre la humareda, al fin, acerté a identificar a un

 

       David convulso y atropellado por un ataque de tos.

 

       -¡Señor!…

 

       Y mis pulmones, repletos de gases, reaccionaron como

 

       b.108 del criado, sometiéndome a un suplicio extra.

 

       En aquellos confusos instantes recuerdo que, entre las

 

       umnas del humazo, me pareció ver un oscilante e in-

 

       so reflejo rojizo.

 

       -¡Señor! -clamó el anciano- ¡La puerta…

 

       Y tanteando, doblándose a cada golpe de tos, tomó la

 

       iativa -¡bendito sea!-, abriendo la hoja con deses-

 

       ción. Y la humareda, como un ser vivo, se estiró ha-

 

       la noche, retorciéndose en el umbral. Y una bocana-

 

       de aire puro vino a perdonarnos.

 

       Y a trompicones, olvidando incluso el cayado, me pre-

 

       tras los pasos de David, buscando el exterior como

 

       J

 

       td

 

       rté

 

       poseso.

 

       po!

 

       Un segundo después reaccioné. Y lo hice, primero con

 

       lejidad, después con vergüenza.

 

       ¡La familia!

 

       ~lE indignado conmigo mismo me abalancé hacia la

 

       espantando con las manos el caracoleo del humo.

 

       ,Y congestionado por los repetidos e hirientes ataques

 

       73

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       de tos busqué a mi alrededor, en un vano intento de

 

       auxiliar a María y su gente. Y fue en vano porque, a los

 

       gritos del criado y ante la sofocante humareda, mujeres

 

       y hombres se habían ya incor-porado.

 

       Por fortuna, la inicial masa de humo, succionada por

 

       un fuerte tiro de aire, estaba remitiendo. Al principio no

 

       caí en la cuenta del porqué de aquella intensa y salva-

 

       dora corriente. ¿Cómo hacerlo en mitad de semejante

 

       locura? Lo que importaba es que la estancia principal

 

       comenzaba a despejarse.

 

       Y antes de que acertara a coordinar un solo pensa-

 

       miento, el albañil, Ruth y su hermana Miriam se volca-

 

       ron materialmente en la boca de¡ taller de carpintería,

 

       ahora cegada por una informe columna de humo. Y unas

 

       epilépticas llamaradas en el interior del habitáculo me

 

       hicieron comprender.

 

       -¡Fuego!

 

       Y la familia enloqueció.

 

       Los desesperados alaridos de las mujeres confundie-

 

       ron aún más a los hombres. Y las toses fueron invadien-

 

       do gargantas y multiplicando el caos.

 

       La Señora, encorvada en el filo de la plataforma, or-

 

       denaba a los hijos que abandonaran la casa y solicitaran

 

       ayuda. Pero, a pesar de sus gritos, nadie la escuchaba.

 

       Ruth, presa de un ataque de histeria, había retroce-

 

       dido, subiéndose a la mesa de piedra. Y entre agudos

 

       chillidos, saltando sin control, terminó pisando y vol-

 

       cando la lucerna. Y flama y aceite cayeron sobre una de

 

       las esteras de paja, incendiándola.

 

       Miriam, arreciando en su griterío e insultando a la

 

       desquiciada «ardilla», se arrojó sobre la alfombra, piso-

 

       teando las llamas en un arriesgado intento por sofocar-,

 

       las. Pero los pies desnudos acusaron la acción del fuego

 

       y, dolorida, ayeando, se retiró hacia atrás, topando en el

 

       rincón de las ánforas con un recién incorporado y no

 

       menos desconcertado Zebedeo. Y ambos cayeron entre

 

       maldiciones y lamentos.

 

       Y en mitad de aquel desbarajuste, Jacobo, recobran-

 

       do un mínimo de serenidad, montando la v(

 

       74

 

       nia de la algarabía, ordenó que le ayudáramos con los

 

       cántaros.

 

       Y saltando hacia las ánforas, apartando a Juan y a

 

       su mujer sin contemplaciones, se desembarazó del man-

 

       to, procediendo a destapar el más ventrudo de los reci-

 

       pientes.

 

       Por un momento sólo se escucharon sus imperativas

 

       órdenes, reclamando los malditos cántaros.

 

       Y David, que acababa de sumarse al desconcierto,

 

       fue el primero en responder. Y lo hizo a su manera e in-

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       teligentemente. Recurrió a las vasijas desperdigadas por

 

       el piso y que habían servido para contener el agua de

 

       lluvia, arrojando el líquido sobre la crepitante cortina

 

       de fuego.

 

       La decidida intervención del sirviente fue un revulsi-

 

       Yo. Miriam se rehízo e imitó a David. El Zebedeo, por su

 

       parte, movido por el instinto de supervivencia, se unió

 

       a Jacobo, proporcionándole cuantos cacharros se halla-

 

       ban a su alcance.

 

       1, Y el albañil, frenético, animándose y animando a su

 

       gente, fue colmando cuencos, platos, cántaros y jarras

 

       n lo que tenía a mano: la reserva de vino. Y forman-

 

       cadena con el resto del grupo, el espeso caldo fue

 

       asado hasta el incendio, que lentamente retrocedió.

 

       Sólo Ruth, la Señora y quien esto escribe se mantu-

 

       n al margen. La primera, paralizada por el horror.

 

       segunda porque, al descender los peldaños con el fin

 

       colaborar en la extinción, perdió el equilibrio -pro-

 

       mente a causa de su delicada rodilla-, cayendo de

 

       es y golpeándose el rostro con la pared lateral de la

 

       de piedra. Pero de este accidente nos percataría-

 

       más tarde, cuando el siniestro fue superado. La

 

       a mujer, tratando de no distraer la atención gene-

 

       guardó silencio y esperó a nuestras espaldas, medio

 

       a y bañada en sangre.

 

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       ~ámb2,1

 

       En cuanto a este explorador, las razones fueron muy

 

       ntas. Aunque mi inmediata reacción fue secundar

 

       emplo del criado, en el último instante me detuve.

 

       [Zoi hice a causa del odioso código de «no intervención»

 

       !Caballo de Troya. El férreo entrenamiento se impuso

 

       75

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       una vez más. Muy a mi pesar no podía actuar. El incen-

 

       dio, avivado por el colchón de serrín, las virutas y las re-

 

       secas maderas almacenadas en el taller, cobró fuerza,

 

       afectando de forma sustancial al lugar. No debía mover

 

       un músculo. Y en mi fuero interno me sentí desolado.

 

       En esta ocasión, sin embargo, mi anormal compor-

 

       tamiento no provocó «efectos secundarios». La propia

 

       confusión de los allí reunidos me cubrió satisfactoria-

 

       mente, camuflando mi aparente e inconcebible desin-

 

       terés. Y cuando, merced al agua y al vino, las llamas

 

       retrocedieron, sólo entonces, uniéndome a los gritos y

 

       jadeos, me las ingenié para aproximarme a la entrada del

 

       taller y, evitando la cadena, arrojar sobre los rescoldos

 

       y los estallidos de la agónica madera el «aire» de unos

 

       cacharTos... previamente «vaciados».

 

       Como digo, por fortuna para este explorador, el si-

 

       mulacro pasó inadvertido y, una vez remontada la ame-

 

       naza, sudoroso e igualmente decepcionado, me dejé caer

 

       junto a los desolados propietarios del lugar.

 

       Y durante algunos minutos sólo se escuchó el ya apa-

 

       gado gimoteo de la «pequeña ardilla» y las agitadas y des-

 

       controladas respiraciones del grupo. ¿Cómo fui tan torpe

 

       de no reparar en el extraño silencio de la Señora? Posi-

 

       blemente mis pensamientos se hallaban atrapados en la

 

       rabiosa realidad que tenía delante.

 

       ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible que el que-

 

       rido taller hubiera salido ardiendo?

 

       Y de pronto recordé el inquieto arrullo de las palo-

 

       mas y aquel inexplicable presentimiento. Alguien, casi

 

       con seguridad -me dije-, aprovechando la noche, me-

 

       rodeó alrededor de la casa, deslizándose después hasta

 

       el corral y consumando el atentado.

 

       Poco faltó para hacerles partícipes de mis sospechas,

 

       pero, entendiendo que carecía de pruebas y no deseando

 

       agobiar el ya aplastado ánimo de la familia, elegí el silen-

 

       cio. E incorporándome avancé despacio hacia el humean-

 

       te taller.

 

       Y una rabia incontenible y acerada me acompañó en

 

       aquella inspección.

 

       Las llamas habían reducido a cenizas uno de los po-

 

       76

 

       cos vestigios físicos y tangibles del paso del Maestro por

 

       este mundo. El Destino -o quien fuera- parecía espe-

 

       cialmente interesado en borrar toda huella material del

 

       Hijo del Hombre. Primero fue su cuerpo, misteriosamen-

 

       te volatilizado en el sepulcro. Y ahora, los trabajos en

 

       niadera y cuantas herramientas le auxiliaban como eba-

 

       nista... Entonces, sinceramente, no lo entendí. Más tar-

 

       de, gracias a la magia del retroceso en el tiempo, duran-

 

       te el tercer «salto», el propio Jesús me haría ver el porqué

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       de todo aquello. Y supe que «nada es casual».

 

       Ensimismado ante el triste espectáculo, no percibí la

 

       proximidad de Jacobo. El albañil, en un noble gesto,

 

       pero confundiendo la verdadera razón de mi presencia

 

       entre los rescoldos, suplicó que perdonase su equivoca-

 

       da actitud en la guarida del saduceo.

 

       -Sé cuánto amabas al Maestro -concluyó con la

 

       voz enronquecida- y lo que significa para ti la pérdida

 

       de este sagrado recuerdo.

 

       Y bajando los ojos, tras reiterar su petición de per-

 

       dón, añadió:

 

       -Gracias por tu ayuda...

 

       Pero un inesperado grito nos arrancó del. lugar.

 

       Y lo que vi me hizo temer lo peor.

 

       Miriam, arrodillada junto a su madre, chillaba y ges-

 

       ticulaba, reclamando a Jacobo. La Señora, tendida so-

 

       bre las esteras, parecía desmayada o muerta.

 

       1 Y Juan, David y Ruth, igualmente sobresaltados ante

 

       la inmovilidad de Maria, se precipitaron junto a Miriam,

 

       ando a la Señora. La «pequeña ardilla», tomando a

 

       madre por los hombros, trató de incorporarla. Pero al

 

       brir el reguero de sangre que manchaba rostro, cue-

 

       y pecho, rebasadas sus mermadas fuerzas, cayó sin

 

       ntido.

 

       El albañil se abrió paso como pudo y, descompuesto

 

       e la aparatosa imagen y los ensordecedores chillidos

 

       < su esposa, terminó rígido, con la voz, los sentidos y

 

       voluntad definitivamente bloqueados.

 

       No sé de dónde saqué la serenidad. Pero, haciendo

 

       os sordos a la justificada histeria de Miriam, la apar-

 

       sin miramiento, ordenando a David que me asistiera

 

       77

 

       Íi

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       E i

 

       W

 

       11 '

 

       con la lucerna. Y durante unos minutos, con el corazón

 

       en un puño, me afané por explorar a la querida amiga y

 

       confidente.

 

       La primera impresión estaba equivocada. María vi-

 

       vía, aunque su pulso era premioso. Y cuando me dis-

 

       ponía a examinar el posible origen de la hemorTagia, el

 

       Zebedeo, en pie y a mis espaldas, evidentemente recu-

 

       perado, estalló con una irTeproducible sarta de insultos

 

       e improperios contra mi persona. Mencionaré tan sólo

 

       los más suaves:

 

       -¡No te atrevas a tocarla, bastardo inmundo!... ¡Hijo

 

       de] pecado, aléjate!…

 

       El criado le miró sin comprender. Y quien esto escri-

 

       be, triturando la indignación entre los dientes, fingió no

 

       haber oído. El que sí escuchó el feroz ataque del discí-

 

       pulo «amado» fue Jacobo. Y saliendo de su estupor se

 

       enfrentó al Zebedeo, arrinconándolo a empellones con-

 

       tra la pared y jurando por sus difuntos que le rajaría en

 

       canal si volvía a abrir la apestosa boca. Después, regre-

 

       sando junto a la enloquecida Miriam, sin previo aviso y

 

       fríamente, le cruzó el rostro con una bofetada. Y el tem-

 

       ple pareció instalarse de nuevo en la afligida mujer. Y en

 

       mitad de un doloroso silencio, el albañil alzó a su espo-

 

       sa, abrazándola con termína y rogándole que se calmara.

 

       María, por lo que pude apreciar, presentaba una

 

       herida incisa leve, de escasa profundidad, en las proxi-

 

       midades del puente nasal. El golpe acarreó una escan-

 

       dalosa hemorragia interna que fue lo que alarmó a los

 

       hijos.

 

       En principio, a la luz de la lámpara, no observé de-

 

       forTriación de la pirámide nasal. Y con todo el cuidado

 

       de que fui capaz inicié una lenta y progresiva palpación.

 

       No hubo reacción. Y me sentí animado. La ausencia de

 

       dolor, en especial en el tabique nasal, me hizo sospechar

 

       que no existía fractura. Tampoco creí apreciar hemato-

 

       ma del tabique ni enfisema subcutáneo.

 

       El impacto, en fin, resultó más espectacular que da-,

 

       ñirio.

 

       Miriam, sollozante, se unió por último a este recupe-

 

       rado explorador y me interTogó casi sin voz. Sonreí,1

 

       78

 

       tranquilizándola. Y los enormes ojos verdes me abra-

 

       zaron.

 

       Los siguientes pasos -los únicos que podía dar- fue-

 

       ron igualmente simples. Solicité agua hervida y, soltan-

 

       do el lienzo que cubría mi frente -sujetando el denario

 

       entre los labios-, procedí a una minuciosa limpieza de

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       la herida y de los coágulos. En aquellos momentos no

 

       fui consciente de la trascendencia que encerraba la san-

 

       gre recogida en los extremos del paño.

 

       Y al contacto con la humedad, la Señora abrió los

 

       ojos, recorriendo los expectantes rostros. Después, ce-

 

       rrándolos de nuevo, comprendiendo que todo había pa-

 

       sado, suspiró relajada.

 

       Jacobo y su mujer atendieron a la olvidada Ruth, a

 

       la que reanimaron. El Zebedeo, acurrucado entre las ti-

 

       najas, no dejaba de observarme. Los negros ojos desti-

 

       laban un brillo poco tranquilizador. Lo ignoré.

 

       Y la «pequeña ardilla», tras repetir una y mil veces

 

       que se encontraba perfectamente, no permitió que si-

 

       guiera ocupándome de su madre. Depositó la cabeza de

 

       la Señora sobre su regazo y, tierna y solícita, prosiguió

 

       las curas, comprimiendo suavemente la región herida

 

       con sucesivas compresas empapadas en agua.

 

       Y aproximadamente hacia las cuatro de la madruga-

 

       (en la vigilia del «canto del gallo»), Jacobo partía a la

 

       carrera hacia el domicilio de Santiago.

 

       Y este explorador, rendido y en silencio, traspasó el

 

       bral de la entrada, necesitado de unos gramos de paz

 

       de aire puro. La noche continuaba profusamente en-

 

       anada de estrellas y la aldea, a unas dos horas del

 

       , se me antojó odiosamente indiferente a la tragedia

 

       aquel hogar. ¿Cómo es posible que los vecinos no hu-

 

       oído los gritos de la familia? ¿0 sí los habían es-

 

      

 

       hado?

 

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       a

 

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       lac

 

       Y un cercano susurro distrajo mi atención, apartán-

 

       sme del irTitante dilema.

 

       David, bajo el dintel, me reclamaba con urgencia. Me

 

       ro

 

       roximé alarmado. ¿Qué nueva desgracia nos visitaba?

 

       Y señalando la cara exterior de la puerta me animó

 

       Plue comprobara por mí mismo lo que acababa de des-

 

       79

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       cubrir. Acercó la lucer-na y el corazón me dio un vuelco.

 

       Y al instante supe que mis sospechas eran correctas. El

 

       incendio del taller no era fruto del azar.

 

       En mitad de la madera aparecía una bolsa, sujeta por

 

       una menguada daga. Y por debajo, pintadas con cal, las

 

       palabras «aboda-zara» (idolatr*ía).

 

       Ni el sirviente ni yo reparamos en aquel aviso -por-

 

       que de eso se trataba- cuando, semiasfixiados, huíamos

 

       de la vivienda.

 

       Y de pronto, al examinar el arma con mayor aten-

 

       ción, creí reconocer la bolsa de hule. Pero no tuve oca-

 

       sión de arrancarla. La súbita y acelerada presencia de

 

       Santiago, Jacobo, Esta y Rebeca me contuvo.

 

       Los hombres, sin resuello, parmanecieron unos se-

 

       gundos junto a David y este atónito explorador. Las mu-

 

       jeres, más alarmadas si cabe, penetraron en la casa como

 

       una exhalación.

 

       Santiago y su cuñado observaron la pintada con in-

 

       credulidad. Y tras un instante de vacilación, maldicien-

 

       do a Ismael, el albañil desclavó la daga, arrojándola con

 

       furia en la oscuridad de la calle.

 

       Me apresuré a recoger la caída bolsa, verificando, en

 

       efecto, que se trataba de la desaparecida pertenencia.

 

       Y nervioso, sabiendo de antemano lo inútil de la revi-

 

       sión, la abrí, examinando el interior. Ni rastro de las

 

       «crótalos». Ni rastro de los dineros. Ni rastro del salvo-

 

       conducto de Poncio…

 

       Y espontáneamente sumé otra maldición a la de 3 1 a-

 

       cobo.

 

       Pero las cosas estaban como estaban y poco ganaba

 

       con lamentarme. Así que, estrujando el hule entre los

 

       dedos, fui a reunirme con el clan.

 

       Las mujeres, rodeando a la Señora, cuchicheaban y

 

       gimoteaban. Santiago, puntualmente informado por Ja-

 

       cobo, permaneció unos instantes junto a su madre. Acto

 

       seguido, escoltado en todo momento por el cuñado, pe-

 

       netró en el taller. Y me fui tras ellos.

 

       Atónito, el ahora hijo mayor fue inspeccionando el

 

       desastre. Pero, con gran entereza, mordiéndose los la-

 

       bios, no hizo el menor comentario. Y fue recon-iendo

 

       so

 

       con la minada los restos calcinados del banco, las her-ra-

 

       mientas retorcidas e inservibles, las paredes ennegrecidas

 

       y la techumbre pr-ácticamente devor-ada y abier-ta.

 

       Después de todo -pensé- la familia podía consi-

 

       derarse afortunada. De no haber sofocado a tiempo las

 

       llamas, era más que probable que todo el inmueble se

 

       hubier-a visto envuelto en el siniestro.

 

       Y Santiago, fijando la atención en la vencida y con-

 

       sumida puerta que separaba el lugar del patio posterior,

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       avanzó un par de pasos, examinándola con detenimiento.

 

       Se hallaba abierta de par en par y pegada al tabique. Era

 

       extr-año. La hoja fue apuntalada con un madero. Yo

 

       Husmo, tras el corto paseo de esa noche, volví a colo-

 

       carlo en su sitio. Parecía evidente que alguien la había

 

       desplazado. Y adivinando mis pensamientos, el galileo

 

       centró su examen en las bisagras.

 

       -¡Mal nacidos!

 

       El cerco fue estrechándose. Las bisagnas, efectivamen-

 

       ~e, aparecían arTancadas de cuajo.

 

       1 Y empecé a intuir también el porqué del providencial

 

       «m de aire que redujo la humareda.

 

       Y Santiago, girando en redondo, fue removiendo las

 

       piso con la punta de la sandalia izquierda.

 

       ba? Al poco, el calzado tropezó con algo que

 

       obligó a inclinarse. Lo desenterró sin prisas y, llevan-

 

       lo que parecía un trozo de arcilla a la nariz, olfateó

 

       par de veces. Finalmente, levantando los ojos hacia

 

       intrigados amigos, anunció con amargura:

 

       -Asfalto.

 

       Mis sospechas quedaron confirmadas. El intruso o ¡n-

 

       os, tras franquear la puerta, ar-rojaron una carga de

 

       lla sustancia bituminosa -probablemente el llama-

 

       betún de Judea-, a la que prendieron fuego.

 

       En cuanto a la autoría del criminal atentado, estaba

 

       El «aviso» en la puerta principal, con mi bolsa de

 

       justamente «desaparecida» en la vivienda del sa-

 

       o, señalaba directamente al vengativo sacerdote.

 

       Pero nadie declaró sus sentimientos. Y Santiago,

 

       abatido aun que Jacobo y que este explorador, se

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       dispuso a hacer frente a una situación que había tocado

 

       fondo.

 

       Retornamos a la sala e, inteligentemente, el jefe de la

 

       familia continuó mudo. Fue a recostarse contra el filo de

 

       la plataforma superior y, acariciando la barba, perma-

 

       neció sumido en una profunda reflexión.

 

       Su mujer -Esta-, con una diligencia y autodomi-

 

       nio igualmente admirables, se ocupó de Miriam. Hasta

 

       esos momentos, ninguno de los presentes -ni ella mis-

 

       ma- había caído en la cuenta de sus quemaduras.

 

       Las llamas, por lo que acerté a apreciar, sólo lesio-

 

       naron la capa córnea de la epidermis. Las plantas de los

 

       pies, de piel más gruesa que la del resto del cuerpo, pre-

 

       sentaban algunos eritemas (enrojecimientos), dolorosos

 

       por supuesto, pero de escasa relevancia. La profundidad

 

       de las quemaduras -de acuerdo con la regla de «los

 

       nueve» de Wallace- apenas si alcanzaba un 0,5, redu-

 

       ciéndolas a un primer grado.

 

       Y una vez tratadas con agua fría, Esta procedió a un-

 

       tar las rojeces con un ungüento aceitoso que -según sus

 

       explicaciones- contenía extracto de malvavisco (Althaea

 

       officinalis), una planta de raíz fuerte y amarillenta gene-

 

       ralmente recolectada en los suelos salitrosos y que Ja

 

       Señora, excelente conocedora del poder de la medicina

 

       natural, procuraba adquirir con regularidad. No me >r_

 

       prendió. Yo había sido testigo de esta habilidad de a—

 

       l ro

 

       ría cuando cruzábamos el wadi Hamám. Y en mi f3

 

       interno elogié la sabiduría de aquella gente. El conteni-

 

       do de las hojas y raíces del malvavisco -rico en muci-

 

       nas y aceite esencial- resultaba un excelente remedio

 

       como calmante de las membranas mucosas y como

 

       emoliente o relajante de las regiones inflamadas.

 

       En cuanto a la Señora, atendida en todo momento

 

       por Ruth y Rebeca, parecía más sosegada. Concluida la

 

       primera cura de urgencia a Miriam, tras un breve par-

 

       lamento, las mujeres decidieron suministrar a María un

 

       brebaje que contribuyera a acelerar la cicatrización de

 

       la herida. Me alarmé. Y amparándome en la curiosidad,

 

       acompañé a la templada y silenciosa Esta hasta las ala-

 

       cenas que se abrían en la cocina-dormitorio.

 

       82

 

       Tomó una de las jarras de arcilla y fue a verter dos

 

       puñados de hojas de un verde intenso y brillante en el

 

       puchero que seguía hirviendo sobre el fogón. Y antes de

 

       que me atreviera a preguntar, sospechando mis inten-

 

       ciones, aclaró la duda que me intranquilizaba.

 

       Estaba equivocado. Mi traducción no era correcta.

 

       Aquellas hojas basales de largo peciolo, con nerviacio-

 

       nes regulares y de tan luminoso verde, pertenecían a

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       una sanícula, otra planta medicinal rica en saponina,

 

       tanino y alantoína, muy abundante en los suelos de ro-

 

       bles y hayas.

 

       Y digo que estaba confundido porque, en realidad, las

 

       mujeres no pretendían hacerle beber aquella pócima, sino

 

       aprovechar su efecto antiinflamatorio mediante la apli-

 

       cación de las correspondientes compresas.

 

       Esta debió de captar mi admiración y sornió con des-

 

       garia. Dejó reposar la infusión y, provista de varios lien-

 

       só junto a su suegra. Los empapó en el líquido

 

       Zos,regre

 

       y, sin escurrirlos, sabia y pausadamente, fue depositán-

 

       dolos sobre el rostro.

 

       Había llegado la hora. Y Santiago, avanzando hacia

 

       -el grupo, habló en los siguientes términos:

 

       -Escuchadme todos…

 

       tono, empañado por el dolor y una rabia subte-

 

       a, no admitía réplicas.

 

       -Por consejo de mamá María tomamos la decisión

 

       dejar el asunto de nuestra permanencia en Nazaret

 

       manos del Padre. Él nos mostraría su voluntad…

 

       a oría de los presentes, adelantándose a las pa-

 

       s%eySantiago, bajó los ojos, rendida ante la evi-

 

       ¡a. La Señora, con la cabeza reclinada en el regazo

 

       la «pequeña ardilla», no quiso o no pudo replicar. Su

 

       hablaba con razón.

 

       -Entiendo -prosiguió rotundo- que el Padre ha

 

       suficientemente claro. No debemos continuar en la

 

       a. Lo ocurrido aquí, esta noche, es una viva mani-

 

       ión de su voluntad…

 

       ‘la

 

       c

 

       ‘c ‘

 

       3

 

       D

 

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       c

 

       ~e

 

       de

 

       m,

 

       Y sorprendido ante su propia seguridad dudó unos

 

       ntes. Pero, rehaciéndose, se dejó llevar por lo que

 

       j(

 

       Idictaba el corazón y el sentido común:

 

       83

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       -No conviene, no es bueno, ni para nosotros ni para

 

       la obra que inició nuestro Hermano, que permanezca-

 

       mos en Nazaret. Asumo personalmente esta responsabi-

 

       lidad y os pido que comprendáis y me ayudéis.

 

       Y dirigiendo la mirada hacia la techumbre -imitan-

 

       do el gesto de su madre en el valiente pronunciamiento

 

       de la noche anterior- reforzó sus palabras:

 

       -En estos difíciles momentos creo interpretar, e in-

 

       terpretar bien, el deseo de nuestro Padre Celestial.

 

       Poco más pudo añadir. Evidentemente, la situación

 

       había entrado en una fase insostenible y de no retorno

 

       que aconsejaba ceder con astucia e inteligencia. De re-

 

       sistir, la hostilidad del jefe del consejo local y de los an-

 

       tiguos enemigos del Maestro podría haber desemboca-

 

       do en otros males de peor naturaleza.

 

       Y de común acuerdo, Santiago y Jacobo trazaron un

 

       plan que debería ser ejecutado sin dilación: al amane-

 

       cer, reunidas las provisiones y pertenencias imprescin-

 

       dibles, todos -a excepción de Miriam, Esta, Rebeca, el

 

       albañil y los hijos de ambos matrimonios- partirían

 

       hacia Caná. El grupo encabezado por Jacobo lo haría en

 

       dirección a Séforis, donde permanecería bajo la protec-

 

       ción de la casa de Rebeca.

 

       No hubo oposición. El Zebedeo continuó amurallado

 

       en el mutismo y David, por su par-te, expresó su compla-

 

       cencia ante la bondad y generosidad de la familia, que le

 

       permitía seguir a su lado y correr la misma suerte. Res-

 

       pecto a este explorador, la prudente decisión me tran-

 

       quilizó. En buena medida por el hecho de no tener que

 

       viajar hacia el lago con la sola compañía del recalcitran-

 

       te Juan Zebedeo.

 

       Y con el alba -hacia las 5.30 horas-, apremiada

 

       por el inquieto Jacobo, la primera de las expediciones

 

       desaparecía rumbo a la cima del Nebi, acortando así el

 

       camino hacia la ruta de la vecina Séforis.

 

       Nadie se lamentó. Nadie pronunció una palabra r^s

 

       alta que otra. Nadie se despidió.

 

       Y el segundo grupo, tras atrancar las puertas exteno-

 

       res de la vivienda, a una señal de Santiago enfiló la sofi-

 

       84

 

       mbarrada «calle norte», perdiéndose con prisas

 

       tana y e

 

       hacia las «puertas» de Nazaret.

 

       Dada la imposibilidad de María para caminar con se-

 

       guridad y presteza, los hijos acondicionaron unas pan-

 

       1 huelas, sujetando uno de los edredones a dos gruesas

 

       pértigas de madera. Y aunque poco ortodoxo, el arma-

 

       zón cumpliría su cometido: la Señora pudo viajar con

 

       una relativa comodidad. Los hombres, salvo el Zebedeo,

 

       nos turnamos en el transporte de las angarillas. En un

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       primer momento -hasta que alcanzamos lo que bauticé

 

       como la cota « 511 »-, la responsabilidad de las andas

 

       corrió a cargo de Santiago, en cabeza, y David. Tanto

 

       uno como otro portaban a las espaldas sendos petates

 

       de cuero con las viandas y las ropas seleccionadas por

 

       las mujeres. Ruth, al igual que Juan, había sido libera-

 

       da de toda carga. De su cinturón colgaba una mínima

 

       bolsa en la que fue depositada una jarrita de vidrio con

 

       el extracto de sanícula y una prudencial reserva de pa-

 

       ños de lino.

 

       Y este explorador, como si de una maldición se tra-

 

       tara, volvió a responsabilizarse del incómodo pero nece-

 

       sario odre con agua y vinagre. El volumen, de unos vein-

 

       ticuatro log (alrededor de quince litros), era suficiente

 

       para satisfacer las necesidades de los seis expediciona-

 

       rios durante las dos horas escasas que, en principio, nos

 

       heparaban de la ciudad de Caná.

 

       El paso entre las casuchas, ahora maquilladas en na-

 

       por el amanecer, me sorprendió. El familiar y mo-

 

       no rugir de la molienda del grano escapaba ya por

 

       puertas entreabiertas. Sin embargo, no sé si sujetos

 

       el miedo o la indiferencia, ninguno de los vecinos

 

       a salir a nuestro encuentro. Nadie tuvo el coraje

 

       asomarse. Por supuesto, aunque no llegué a descu-

 

       r un solo rostro en la penumbra de las ventanas y

 

       elas, sabía que la precipitada salida de María y su

 

       ai

 

       ir,

 

       nc,

 

       te estaba siendo espiada. E insisto: es injusto que los

 

       1 igelistas silenciaran este penoso suceso. ¿Por qué no

 

       ricionaron la destrucción del taller de carpintería del

 

       n’

 

       l~

 

       Festro? ¿Por qué no hablaron de aquella mortal opo-

 

       >n de buena parte de Nazaret hacia la familia del

 

       85

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       Resucitado? E instintivamente fijé mi atención en Juan

 

       Zebedeo. Caminaba con lentitud, pero notablemente re-

 

       puesto de su reciente trauma. Como creo haber relatado

 

       en anteriores oportunidades, la incorregible vanidad de

 

       este íntimo de Jesús le acompañarla toda su vida. Y apos-

 

       taría lo poco que me resta para la muerte a que esta la-

 

       mentable «desinformación» tuvo mucho que ver con ese

 

       afán de ocultar los pasajes en los que su imagen no sa-

 

       lía precisamente airosa. Pero este vicio no fue exclusivo

 

       del «hijo del trueno». Más adelante tendría ocasión de

 

       presenciar otros acontecimientos -de mayor y menor

 

       calado- que resultarían igualmente silenciados o inten-

 

       cionadamente deformados por los propios apóstoles (1).

 

       A la altura de la fuente, al ver junto a las aguas a un

 

       madrugador corro de matronas que se apresuraba en el

 

       llenado de puntiagudas vasijas, Ruth cubrió su cabeza

 

       con el negro manto, ocultando el rostro. Y aceleró el paso

 

       hasta situarse al costado de la Señora. Unas crueles y

 

       mal contenidas risitas encendió al Zebedeo. Y, volvién-

 

       dose, las desafió con la mirada. Pero Santiago, con un

 

       escueto gesto de cabeza, le forzó a reanudar la marcha.

 

       Y poco a poco la exuberante vega que despertaba en-

 

       tre las rosadas colinas fue quedando atrás.

 

       El cielo, azul y cristalino, presagiaba una jornada sin

 

       sobresaltos.

 

       Y mis ojos y mi corazón se despidieron con pesar del

 

       altivo palmeral que ponía orden en el polvoriento sen-

 

       dero de acceso a la aldea.

 

       ¿Cuándo regresaría? Imposible saberlo en aquellos

 

       dolorosos momentos.

 

       Y dejándome llenar por una singular emoción -a ra-

 

       tos suave y nostálgica, a ratos erizada por el rencor-,

 

       me detuve unos instantes, robando la imagen de aque-

 

       lla Nazaret blanca, arisca y agazapada en la falda del

 

       Nebi Sa’in. Un humo virgen e indefenso huía –como

 

       nosotros- de la aldea, construyendo finas y falsas co-

 

       lumnas sobre los terrados y despidiéndonos a su ma-

 

       (1) Amplia información al respecto en mi libro El testamento de

 

       san Juan. (Nota de J. J. Benítez.)

 

       86

 

       nera. Y a lo lejos, más allá de las cohortes de viñas y

 

       olivos, ajenos a todo, los bosques de nogales y algarro-

 

       bos pintaban un horizonte verde y severo. Y me prome-

 

       tí a mí mismo que yo sí daría fe de cuanto había vivido y

 

       conocido entre aquellos ingratos e indiferentes notZrim

 

       (nazarenos).

 

       Salvado el primer repecho, al conquistar la cota «511 »,

 

       el grupo descansó. El Zebedeo alcanzó a los porteadores

 

       de las parihuelas y, por espacio de breves instantes, los

 

       vi dialogar. Parecían referirse al abrupto camino que

 


 

 

      

 

 

 

 

 

       debía conducirnos en los próximos cuatro kilómetros y

 

       que desembocaba en el desfiladero de los leprosos. Y el

 

       recuerdo del incidente en Ein Mahil me intranquilizó.

 

       Según lo convenido sustituí al criado en el transpor-

 

       te de la Señora. Acomodé la «vara de Moisés» junto a

 

       María y, repuestas las fuerzas, atacamos el segundo tra-

 

       mo. Y aunque el peso no era excesivo, lo escarpado del

 

       terTeno -en permanente y pronunciado descenso-, uni-

 

       do al espeso y cerrado monte bajo, convirtieron la mar-

 

       cha en una tortura.

 

       María, sin una protesta, tuvo que soportar más de

 

       uno y más de dos encontronazos con el pedregoso sen-

 

       derillo, consecuencia -en la mayor parte de los casos-

 

       de mi proverbial torpeza.

 

       Y poco más o menos a la hora de nuestra partida de

 

       Nazaret, jadeantes y sudorosos, los expedicionarios en-

 

       trábamos en la hoz de altas paredes, hoy conocida como

 

       Ein Mahil y que entonces constituía el forzoso amparo

 

       los leprosos de la región.

 

       Y como sucedier-a en el camino de ¡da, al contemplar

 

       el desfiladero, mujeres y hombres se estremecieron. Na-

 

       habló. Y las miradas recorrieron desconfiadas los

 

       trocientos o quinientos metros que nos separaban

 

       de

 

       1 01

 

       ,die

 

       dio

 

       ~nia

 

       1 final del silencioso barranco.

 

       Santiago, en voz baja, nos previno. Era menester atra-

 

       Plo con sigi o y a la máxima velocidad.

 

       Nunca legué a acostumbrarme a aquel ancestral e

 

       ~cional terror que demostraban las gentes -de toda